
LAS DOS CABEZAS DE MORRISSEY
Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah
No existe en la tierra sujeto más porfiado de su intelecto que el escritor: él —ella—, que bien debe saber de algo para escribir sobre ese algo, nunca está conforme con las cosas que conoce, y ahí, en ese narciso buscar y encontrar, se atesora una magia de a veces irritante fulgor. Y no existe en la tierra sujeto más complacido con su ego que el músico: quien es por excelencia un asesino de papel, un alma bárbara, y es eso precisamente lo que amplifica su potestad; lo que hace brillar su genialidad. Un músico podrá ser astro si —y solo si— dejar ver lo peor de sí mismo. Ahora, puede pasar que un músico grandioso escriba un best seller considerado por la crítica asimismo grandioso, engendrando una especie de monstruo de dos cabezas.
En la cumbre del éxito, el viernes 12 de diciembre de 1986, Steven Morrissey dio giros y giros sobre su propia sombra en la tarima del O2 Academy Brixton. Se enrolló como un gusano con el cable del micrófono y se volvió a soltar. Se agitó, y agitó a todos los que estaban más allá de las vallas de seguridad: cantó los últimos versos junto a aquel grupo de Manchester que nunca necesitó de la radio para ser escuchado en el vecindario, The Smiths: “(…)y probablemente nunca te vuelva a ver, probablemente nunca te vuelva a ver, probablemente nunca te vuelva a ver”. Las luces se apagaron.
Pero lo volvimos a ver una y otra y otra vez.
Si bien Morrissey se esconde detrás de las vivencias de otras personas para escribir lo que escribe y cantar lo que canta, lo hace de una forma muy natural, poniéndose, aparentemente, siempre al margen del cosmos lírico. Después de The Smiths siguió haciendo música de la misma manera impersonal, pensado tal vez en la importancia de una vida privada intocable.
Todo este ideal se le va de bruces al polvo con la publicación —Penguin Books, octubre del 2013— de su autobiografía. El libro en su lectura va tendiendo una sábana de 800 y pico páginas sobre la que acomoda cuidadosamente la historia como se le viene en gana. Válido, pero como es costumbre la gente se ha escandalizado con las obviedades, por ejemplo, una escabrosa confesión sexual: que tuvo una larga relación con otro hombre —Jake Owen Walters, fotógrafo— con el que “por primera vez —asegura— el eterno yo se convirtió en un nosotros”. Era obvio, y si no me creen digieran This Charming Man con la letra en la mano. Entre otras cosas, el ritmo y la prosa irónica con la que está escrito el libro aspira a su propia majestuosidad musical, y eso ya es mucho decir.
Dije al comenzar este texto que los escritores confían —quieren confiar— plenamente en su intelecto, y esto los obliga a tomar las rutas pedrosas de la curiosidad. El Smith, que bien curioso sí es, ha encontrado ahora en el revoltijo literario su próximo objetivo: escribir una novela de ficción.
Por las dos cabezas de Morrissey viaja una sangre del mismo torrente, y si la esencia de su música puede ahora fabricar literatura, ese monstruo bicéfalo entrará a la mitología del nuevo siglo; si esta existe o llegara a existir.
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