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LAS BODAS Y LOS SOLTEROS


Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax

 

Las celebraciones de bodas son fiestas para parejas y familias. Los solteros somos una mosca en la sopa. El lunar a quien todos observan con pesar. Ya ni ganarse el ramo es un incentivo para las solteras que asisten a una boda. Es de mala suerte. Hay todo un historial de mujeres que se han ganado el ramo y se han quedado para vestir santos.

Los solteros en las bodas no dejamos de levantar las miradas de compasión de las parejas a quienes les da un enorme pesar vernos solos. Somos una pesadilla para quienes organizan las mesas de la recepción pues no saben dónde sentarnos. Entonces nos sientan con los niños que nos miran burlonamente. Salimos en las fotos con los novios y con otra cantidad de extraños que adornan nuestra soledad.

Pasamos un rato amargo cuando en el sermón del padre nos recuerdan que el pilar de la sociedad es la familia. Miramos alrededor y estamos rodeados de madres y padres, niños corriendo, parejas felices. Nuestra soledad parece un accesorio vergonzante pero no tenemos más remedio que sonreír y felicitar a los novios e ignorar las miradas de condescendencia que recaen sobre nuestro evidente estado civil.

Hay algo peor, si la boda es una ceremonia cristiana sin bebidas alcohólicas toca aguantar el acontecimiento a palo seco, y pasarse las constantes referencias a la vida en pareja como única organización digna a punta de agua. El regalo de un soltero siempre se verá inferior al lado de un regalo de pareja o de familia, mucho más representativo económicamente pues obedece al bolsillo de una sociedad y no al de una persona natural.

Contrario a lo que se piensa, una boda no es el lugar para conseguir pareja pues los pocos solteros que asisten se esfuerzan por parecer invisibles y se pierden en conversaciones de rigor con quien les tocó al lado en la mesa, generalmente una pareja que no puede parar de demostrarse su amor públicamente.

Invitar a un soltero a una boda es casi una crueldad si se tiene en cuenta que un matrimonio no es más que una oda a la vida en pareja, un homenaje a la reproducción y a la familia, el darth vader de la soltería. Invitar a un soltero a una boda es refregarle en la cara que no tiene perro que le ladre y que su vida no tiene sentido hasta que consiga una pareja con la cual reproducirse y volverse una de esas familias cuyo único sueño es que les aprueben un préstamo para comprar un apartamento, diferir a 36 cuotas el paseo decembrino a la costa en el que se piensan llevar hasta al perro, conseguir un colegio que no tenga bono y poder mantener un ritmo sexual –a pesar de los años- que les permita tirar si quiera una vez al mes y seguir compartiendo la misma cama.

Una boda es el escenario más anticonceptivo, contrario a lo que se cree. Por lo general los novios, entregados a Baco, salen del aire antes de cualquier asomo de voluptuosidad. Y si ellos, que tienen con quien desfogarse, no lo logran, imagínense los solteros. Una boda desata toda la frustración sexual de quien no ha conseguido sino amarse a sí mismo durante los últimos meses. El sexo entre invitados en lugares prohibidos, previo a la ceremonia, es parte de la ficción y solamente se ve en Hollywood en las películas protagonizadas por Hugh Grant.

Así pues, con todo el respeto que merece el “júbilo” de quienes se casan hasta que la muerte los separe, los matrimonios no son motivo de alegría ni de celebración para ningún soltero; si nos van a invitar destinen a un mesero que nos llene constantemente la copa de algún licor que no sea sello rojo y no nos sienten al lado de amorosas parejas. Una boda es el escenario menos ideal para nosotros, los solteros, por eso, la gran mayoría, nos vestimos de negro en señal del luto interno que llevaremos durante la ceremonia, mientras la palabra de dios, del notario, del pastor o del rabino, nos recuerda lo innaturales que somos por andar solos por el mundo sin querer reproducirnos y formar una familia.


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