
LA NECESARIA IDOLATRÍA A GARCÍA MÁRQUEZ
ilustracion de GrendelSagrav
Es verdad, nos estamos extralimitando, nos pasamos de la raya con tanto elogio. ¡Y qué, si tenemos razones de sobra para enorgullecernos de que en este país pigmeo alguien saque la cara al menos cada cien años!
Por Darío Rodríguez
Los extranjeros se quejan o se burlan de nuestro desmedido culto y veneración y de los ilimitados homenajes que hemos rendido –que seguiremos rindiendo– a Gabriel García Márquez. Les parecen desproporcionadas o humorísticas tantas entrevistas, evocaciones, intervenciones públicas, tanta fanfarria y demostración de alegría por haber tenido el privilegio de compartir terruño, preocupaciones e historias con el único premio Nobel que hasta ahora ha podido dar este desalmado, mediano, cancerbero país; con el único escritor de estatura universal que hemos logrado parir.
Tienen razón los no colombianos al señalar las avalanchas de elogios, pésames y reconocimientos sentimentales que le propinamos al hijo del telegrafista de Aracataca. Nos estamos extralimitando. Nos pasamos de la raya. Sí. Pero quienes critican el festivo duelo ignoran algo muy sencillo: tenemos todo el derecho de experimentar y de manifestar orgullo porque en este país pigmeo hay poco realmente de qué enorgullecerse. Cómo no vamos a estar exultantes por García Márquez en una tierra donde los asaltantes y los bandidos de medio pelo terminan sentados en el sillón presidencial, en el congreso de la república o rigiendo altos cargos directivos. Cómo callar nuestra dicha por ser paisanos de un clásico literario que cambió los modos de narrar, las apreciaciones acerca de lo real y de la condición humana misma, que le encontró un tono musical y de jolgorio al frío idioma español, en el mismo país reconocido alrededor del mundo por sus criminales (ilegales como Pablo Escobar, como el múltiple violador y asesino de niños Luis Alfredo Garavito; legales como el electo senador Álvaro Uribe Vélez), por su exportación continua de cocaína, por haber producido algunos de los cantantes pop más vergonzosos en la historia humana.
Entre millones de desplazados y de muertos en nuestra repugnante guerra, entre el servilismo, la mediocridad y las necedades del diario vivir que caracterizan a Colombia, Gabriel García Márquez es un ejemplo de que durante escasas temporadas, digamos cada cien años, existe alguien sacando la cara por esta nación carente de dignidad y decencia.
Fuera del país pueden decir lo que se les antoje. Al autor de La mala hora le encantaba aproximarse a los poderosos, jefes de estado sobre todo, como Bill Clinton o Fidel Castro. En algún momento sugirió suprimir la ortografía básica de la lengua castellana. Ni siquiera vivía en Colombia, para despecho de los aduladores que empezaron a rodearlo desde que Cien años de soledad, su novela capital, se disparó como éxito mundial. Cualquier acusación resulta inane al lado de lo que García Márquez era y es: un disciplinado escritor que convirtió el color local de su región en una mitología universal accesible incluso al lector más inexperto, el creador de ese territorio tan nuestro y tan ajeno llamado Macondo, que bien puede ser Colombia o cualquier rincón susceptible de vivir prodigios o desgracias insospechadas; el mismo que aun desafía a los críticos literarios con El otoño del patriarca o que logró vender con gran velocidad un millón de ejemplares de Cien años de soledad en China.
No estamos despidiendo solo a un gran escritor. Estamos diciéndole adiós a uno de los mejores, de los más gigantes que ha dado este planeta. Por eso celebramos y por eso también nos condolemos ante su partida. Ya volveremos a lo mismo de siempre, a ese vaivén natural de este territorio consagrado al diablo, a la corrupción campante, al miedo, a la matanza frenética y la disipación.
Lo único que pedimos es que, al menos por estos días y los venideros dedicados a la relectura de esas joyas invaluables como El amor en los tiempos del cólera, La siesta del martes o El rastro de tu sangre en la nieve, nos dejen tranquilos con nuestro orgullo. Los contemporáneos de García Márquez que sobreviven están aprovechando para conversar acerca de los sueños cumplidos por su generación. Sus primeros lectores tienen el gusto de comprobar cómo esas novelas, relatos y crónicas le han brindado a nuestra sociedad un prisma fantástico, entretenido y profundo desde el cual observarse. Los que hemos venido leyéndolo después del premio Nobel y la gente más joven de estos tiempos podemos sentirnos honrados: en medio del horror cotidiano hemos sabido que de Colombia no solo sirve avergonzarse o fugarse.
Larga vida entonces a ese hombre que nos mejoró la existencia con su pueblo legendario, su coronel, sus amantes envejecidos, su Libertador en el ocaso, su señora Forbes, su familia Buendía. Nuestro mayor honor es que, con toda esta exagerada despedida, ya nos estamos convirtiendo paulatinamente en una de sus invenciones.