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LA MUERTE

Blasfémina

Por María Ximena Pineda

 

Nunca estamos preparados para recibir la muerte. Las culturas occidentales la vemos con temor, como castigo. Decía Epicuro: “No temas a la muerte y no temerás a la vida”.  De pronto el entender la vida sea la clave para acercarnos a la muerte.

Y qué lejos estamos de enfrentar la parca a pesar de que convivimos con ella. Está en todos lados, abarca los titulares de todos los periódicos. Cubre con su manto nuestros campos, ciudades. Inmortaliza nuestra guerra.

Nuestra cultura occidental gasta millones investigando nuevos métodos para alargar la vida. La  medicina moderna ha extendido la vida humana tanto, que cada vez es más normal encontrar hombres de 100 años. Cansados quizás, pero pruebas fehacientes de que la humanidad está combatiendo la muerte con disciplina.

No deja de ser contradictorio que haya tanto tabú en torno al concepto de muerte cuando las religiones occidentales hablan de un cielo paradisíaco. Sin embargo, también hablan de un infierno. La biblia recrea la muerte como un pecado desde el génesis. Incluso, en el libro de la sabiduría se afirma claramente que la muerte no es creación de Dios sino se le atribuye a la envidia del diablo. San Pablo afirmaba que por un hombre entró el pecado al mundo y por el pecado la muerte. Haciendo una no muy difícil trasposición de términos lo que nos dice la religión judeocristiana es que nos merecemos morir por pecadores.

En cambio, algunas religiones orientales como el budismo entienden la muerte como el principio de una nueva existencia porque para los budistas la vida es eterna. En suma, el ser humano no muere sino que se transforma. Es una visión bastante científica y sensata. Dice Neruda en su poema “Galope Muerto” de Residencia en la Tierra: “…el perfume de las ciruelas que rodando a tierra se pudren en el tiempo, infinitamente verdes…” Eso somos, ciruelas que caen al suelo, pudriéndose y convirtiéndose en abono para la tierra, para luego volver a crecer en forma de manzana o de tubérculo.

Es bastante reconfortante saber que si la muerte es el siguiente estadio luego de la reproducción, para quienes no logran reproducirse aún existe la posibilidad de convertirse en alimento orgánico, en materia que origine vida, si no en el vientre materno en la madre tierra.

Estamos tan lejos de entender la muerte que ninguna respuesta ni parte médico nos satisface. Con la muerte nos pasa lo mismo que con el amor, pensamos que es un fin y no un estado y queremos volver el tiempo atrás añorando una especie de vida eterna con nostalgia. Quizás nuestra mayor dificultad al entenderla es a causa de los sueños frustrados que no hemos cumplido en vida. Quizás siempre nos sorprende en el peor momento y no alcanzamos a cumplir nuestras metas y eso nos aterra.

Quizás lo que tenemos que entender es que la vida misma es la muerte, cada día de vida es uno menos. Nuestros días están llenos de muertes celulares y descomposición orgánica. Al final somos materia que está en constante transformación. De pronto eso era lo que Jesús quería decir con “polvo eres y en polvo te convertirás”.

Así pues, la muerte es  algo menos trivial que un castigo al pecado. Es un punto de giro, una transformación, un estado íntimo de reflexión previo a un cierto tipo de trascendencia. Los elefantes lo entienden muy bien, cuando están viejos y presienten su muerte se alejan de la manada y emprenden un camino incierto, en silencio y al atardecer generalmente; camino durante el cual es probable que vayan recordando sus tardes en el río, sus baños de barro… su vida. Caminan solitarios hacia su muerte no siguiendo una ruta aprendida sino descifrando un camino trazado por instinto. Tranquilos, con paso firme, preparados para lo que viene luego de la muerte.

 

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