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LA MODA MATERNAL

Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax

 

En los últimos dos años he sido víctima de cientos de invitaciones a baby showers. He presenciado el bombardeo de fotos de primogénitos en todas las poses posibles en Facebook. He tenido que aguantarme conversaciones enteras sobre ginecología y obstetricia, sobre jardines infantiles y colegios.

El criterio para escoger un lugar para reunirse con estas jóvenes madres es que el sitio tenga parque de juegos o guardería y, en lo posible, que no vendan licor. No basta con tener que intentar llevar una conversación sobre pediatras sin saber un coño al respecto sino que, también, hay que guardar prudencia y no botar hijueputazos ni hablar de cosas “subidas de tono” al lado de los niños. Una delicia.

Parece que por cada chino que traen al mundo, las pudientes mujeres de la moda maternal contratan una enfermera de turno. Salen a la calle armadas de 25 pañaleras y un ejército de enfermeras y niñeras, y tienen una vida social muy agitada en la que discuten acerca de los libros sobre maternidad que anuncian las revistas de moda o los tratamientos psicológicos exitosos implementados por los autores de esos libros.

Además, seguramente de forma inconsciente, estas madres nos hacen sentir –a nosotras las no madres- como mujeres inferiores, desprovistas del milagro de otorgar vida, inferiores evolutivamente hablando. Algunas nos miran con compasión por no haber sido fecundadas. Otras con envida porque aún podemos dormir noches completas y no se nos ve la herida de la cesárea al usar vestido de baño.

Esta moda maternal es capaz de forjar amistades profundas de la nada. Mujeres que eran más rivales que amigas, terminan siendo compinches gracias a su condición de madres. Se emocionan con las presentaciones escolares, mojan cuco cuando hay reuniones de padres de familia y compiten por ser la madre del año entre ellas.

Sé que muy en el fondo, a pesar de esas sonrisas exhibicionistas con las que posan en las fotos como madres abnegadas y mujeres realizadas, llevan meses sin pasar una buena noche a consecuencia de la depresión post parto, la lactancia y las desveladas de rigor. Estoy segura de que muchas quieren quejarse del trajín de amamantar y criar y recuperarse de incisiones, pero no lo hacen porque es políticamente incorrecto, entonces siguen sonriendo falsamente.

Hace unos meses me invitaron a un evento que reunía a varias madres de mi promoción. No fui. Me sentía en desigualdad de condiciones, sin un sobrino o un bebé cercano que me prestaran para adoptar una pose familiar en el registro fotográfico del evento. Lo máximo que podía hacer era ir con un chico de 24, perdón, 25 años, que tampoco me deja dormir a veces, pero no hubiera sido lo mismo.

Quienes no hemos tenido la gracia de dar a luz nunca haremos parte de ese ghetto maternal siempre sonriente, que trabaja conspirativamente para demostrarnos que el mejor estado de la vida femenina es el de ser mamá. Y sí, aunque no tengo hijos no me cabe la menor duda de que son el origen del amor más puro que alguna creatura pueda sentir. Sin embargo, no las envidio, a pesar de que mi reloj biológico golpea mi puerta amenazantemente, yo quiero seguir con mis pocas estrías heredadas de la adolescencia, quiero dormir profundamente durante la noche, no tener que gastar millonarias fortunas en niñeras y enfermeras o en material de maternidad… y, sobre todo, si me desvelo con frecuencia, que sea con un chico… pero de 24, perdón, de 25 años.

 

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