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LA LEY DEL AUTOBÚS

El sistema de movilidad en Bogotá es el territorio de “sálvese quien pueda”, y Transmilenio el microcosmos donde el “empute” de los usuarios es pan de cada día. Retrato de una escena sin lubricante en un bus rojo.

Por Ángel Carrillo
@einyeah

Pasó hace unos días, pero me pasa, nos pasa, casi a diario. Entré a la estación de Transmilenio de la calle 39 con avenida Caracas y compré el pasaje; uno solo porque suelo botar todo lo que cae en mis manos. Metí el pedacito de plástico en la ranura del contador y giré el torniquete de hierro. Todo igual.

La puerta de abordaje de los buses que van hacia el norte está en el mismo vagón por el que ingreso, el tercero, así que generalmente llego fácil a ella. Me volteé la maleta, me la puse como un bebé canguro por seguridad y esperé ahí, tieso del frío, a que apareciera el dichoso B61. O un B cualquiera.

Fue hasta el tercero que pude sumergirme. Los buses pasan, como todos los que usan el servicio habrán visto, tan llenos que a veces se queda una pierna, un brazo o una maleta por fuera del vehículo, atorado entre las puertas. Qué peligro.

Digo sumergir porque es lo que pasa. Me explico, a uno el tumulto de gente lo mete en el bus como rellenando un gran embutido en el que casi no hay oxígeno.

Ya adentro, con lo molesto que resulta respirar de cerca el aire caliente que expulsa un desconocido, la cara me quedó casi pegada a la de una mujer de unos 50 años. Ella, con un fastidio obvio, decidió hablarme. Así, cerquita.

—¿En qué estación se baja?
—Alcalá —respondí.
—Le falta bastante.
—Ujum.
—Yo menos mal me quedo en la 116.

Entre nosotros hubo un silencio que terminó por compensar el cotilleo del bus. Una pantallita mostraba spots publicitarios de pollo asado, ortodoncias y papas de paquete. La mujer intentó sostenerse de una baranda vertical, pero la espalda de alguien le estrujó el brazo.

—Ash. Viejo marica —murmuró con la cabeza casi metida entre los hombros. Como una tortuga.

Ella, que nunca supe cómo se llamaba, empezó a darme un discurso de odio contra Transmilenio. Que el sistema está mal diseñado. Que con esos nuevos horarios de inicio, a las 4 de la mañana, no iban a resolver nada. Que la ciudad se estaba yendo de culo al barranco.

—O sea, no solo la ciudad, joven. Nos estamos yendo todos de culo al barranco —continuó la mujer su manifiesto.

Siempre he evitado esa clase de discusiones acaloradas, ahora también apretada, donde todos creemos tener la razón. Respondí a su aireada declaración como un perro plástico en el tablero de un taxi.

En la estación de la calle 72 ingresaron cuatro personas al lugar donde claramente sobraban unas cincuenta. Seguimos en movimiento, zarandeándonos con fuerza de un lado a otro.

—Yo ya no uso el carro porque me demoro más. Ese alcalde que teníamos es un guevón. Vea, ¿qué solucionó del trancón?

—Ya hay demasiados carros. No creo que el problema tenga solución —le respondí pesimista, rompiendo mi tradicional silencio.

Entre tanto forcejeo, el odio crece como espuma. Y cuando se riega ya nadie lo puede recoger. La mujer se iba poniendo roja.

—Uno en estos buses tiene que andar a la ofensiva, joven. Abeja. Porque si no lo manosean, le sacan el celular, la plata y hasta las pantaletas.

—Eso vi en el noticiero. Lo de los morbosos en Transmi.

—Pero eso es viejo. A mi hija un tipo la morbosió hace 3 años en un bus y nadie hizo nada.

Cuando la mujer se bajó en la 116, empujó a varias personas, entre ellas a una niña de unos 15 años con uniforme de educación física a la que casi se le queda el zapato engarzado entre el bus y la plataforma de la estación. Hizo su ley, por decirlo de algún modo. Se vengó de todo el malestar que había pasado en el trayecto.

Cuando llegué a Alcalá, el bus, que iba hasta Santa Fe, ya tenía más espacio libre. En la estación un policía escribía en su celular. Otra señora revolcaba su cartera porque no encontraba algo que, al parecer, tenía antes de subir. Todo era malestar. Malgenio. Odio. Frío.

Entonces por primera vez tuve miedo de hacer ese mismo recorrido la noche siguiente. Quizá mañana todo el mundo, en su propia ley del autobús, quiera vengarse de lo que le ha pasado. Y eso, además de inútil, terminaría siendo medio apocalíptico, ¿no?

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