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LA HISTERIA DEL TIEMPO

En la otra esquina
Por Harvey Murcia
 
Desde que mi calendario marcó el primero de noviembre, han iniciado la laboriosa tarea de hacerme sentir que estoy en diciembre. En la televisión, la radio y la prensa se encuentran mensajes referidos a lo lindo que será el último mes del año.
En la otra esquina
Por Harvey Murcia
 
Desde que mi calendario marcó el primero de noviembre, han iniciado la laboriosa tarea de hacerme sentir que estoy en diciembre. En la televisión, la radio y la prensa se encuentran mensajes referidos a lo lindo que será el último mes del año.
 
En medio de este bombardeo publicitario, vamos pensando qué vamos a regalar el 24; nuestros padres, seducidos por las ofertas, empiezan a comprar “las pintas” para fin de año. Cualquiera sabe que diciembre es un mes no sólo significativo para los judeo-cristianos, sino para las industrias del entretenimiento, las cervecerías, los centros comerciales, los bancos, las cadenas de hoteles y restaurantes. La lista es larga y no quiero caer en este lugar común.
 
¿Qué es lo atractivo de empezar a vivir diciembre desde noviembre? Me atrevo a proponer una posible explicación: las festividades (como de cualquier otra actividad), se convirtieron en espacios de consumo, en escenarios de rentabilidad, cuando el tiempo se empezó transformar en el verdadero spot del mercado, en la verdadera economía. Entonces, adelantar el tiempo es hacer que aparezca el ritual que acompaña toda festividad para aglutinar y modificar las actividades.
 
Si te acercas en estos días a un centro comercial, verás las lucecitas, las decoraciones que invitan a la reflexión y al recogimiento: la religiosa actividad del consumo, el ritual de la compra desmedida que exige diciembre. Si “el mes es para demostrarle a tus seres queridos cuánto los quieres”, lo mejor es ofrecer promociones por montón, sólo por hoy y que afectarán el mañana. Y en esta abyecta estrategia, adelantarse a la compra es la mejor decisión, porque hacemos parte de esta red que nos inventa los ideales, las celebraciones y las conmemoraciones.
 
Bajo este juego mercantil, creemos que nuestra economía se verá beneficiada si compramos antes: es barato (supuestamente), hay oferta, hay descuento y lo más importante, no se tiene que estar corriendo para conseguir lo que se desea. Y todos quedamos bien. Cumplimos con el protocolo y la formalidad.
 
El calendario del mercado se mueve entre cinco y seis meses: Corazones en febrero, en marzo las reflexiones de semana santa en las profundidades hoteleras de algún resort, mayo es el más madre; junio y julio son un isomorfismo; agosto, mes de las cometas, se adelanta a septiembre para amor y amistad; octubre sobrevive por las brujas y noviembre tiene 62 días para que se regale lo correcto, lo perfecto. Enero está al servicio de diciembre o de febrero, la ruta se decide en la marcha.
 
Barthes, el semiólogo francés, nos recuerda que en el consumo siempre hay un momento en el que algo es “robado y devuelto”; en este caso, el tiempo. Al ser devuelto no es lo mismo, es restituido por una leve transformación que lo hace parecer novedoso, espectacular. Bajo esta idea, se transforma la realidad del mundo en imagen de mundo fundada desde los intereses cambiantes del mercado; por eso mi calendario es el mejor indicio para entender la histeria del tiempo.  
 

 

 
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