
LA DIFERENCIA EN LA DEFERENCIA
La apatía es una manía capitalina que, en Bogotá, raya en la psicopatía. Aquí, nos hemos curtido ante el dolor del otro de manera especialmente anómala, gracias a años en el espectáculo de la violencia y la miseria desatendidas. Nuestra mirada se ha enfriado en la costumbre del abandono estatal y como respuesta a una actitud de indiferencia general. Hemos sido entrenados en el egoísmo comercial de las grandes ciudades que son centros económicos pero, además, la desidia del estado nos ha condicionado con la triste premisa de que aquí cada cuál está por su cuenta y debe arreglárselas como mejor pueda; a pesar de la ciudad y sus políticas, de sus conciudadanos y sus maneras.
Una actitud apática como método de respuesta a la apatía a la que debe hacerse frente, un círculo vicioso del que pocos pueden o saben salir. Una actitud más inconsciente que estratégica pero que condiciona esa neurosis entre el timo y la disputa que puede leerse en el ritmo alocado de nuestra sinfonía capitalina, entre los gritos, pitos, empujones y peticiones que marcan nuestro baile afanado de todos los días.
Una actitud que se endurece ante la familia de indígenas con una decena de bebés a bordo, el niño limosnero o vendedor de dulces, el desplazado, el indigente o el hambriento en cada bus o semáforo, y que baña la mayoría de encuentros, tratos y diligencias de la ciudad. Una actitud apática en la que el capitalino ha sido bien entrenado, muy lejos de una conducta de servicio para con su comunidad y más cercana al miedo ante la mano que le da de comer; derivada del egoísmo inflexible como política, del miedo que le venden los medios con la astucia concebida y producto de esa mirada servil con la que ha sido condicionado como ente social en un ambiente hostil que, aunque le vende la panacea y la respuesta a todos los males en cada valla publicitaria, en el cereal del desayuno o en el aroma de su desodorante, realmente respira indiferencia ante los intereses humanos que no le son de alguna utilidad. Esa mirada entrenada que convierte a cada conciudadano en un cliente potencial, en una suerte de amenaza o competencia, o en un ser por completo invisible y que adorna tan sólo otra acera o esquina de la ciudad.
Una actitud apática que, como decía, raya en la psicopatía… Aclaremos, de una vez, este diagnóstico, analizando la definición que da del psicópata nuestra enciclopedia virtual compartida:
“Los psicópatas no pueden empatizar ni sentir remordimiento, por eso interactúan con las demás personas como si fuesen cualquier otro objeto, las utilizan para conseguir sus objetivos, la satisfacción de sus propios intereses… La falta de remordimientos radica en la cosificación que hace el psicópata del otro, es decir que el quitarle al otro los atributos de persona para valorarlo como cosa es uno de los pilares de la estructura psicopática”
Un diagnóstico de Perogrullo, para muchos, pero que da luces, para mí, sobre la realidad que nos determina y que, también, vamos creando, día tras día.
Carl Jung dijo: “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma.”
Lejos de proponer, para una ciudad tan joven como Bogotá, una sociedad utópica en la que el ciudadano deba asumir todas las necesidades ajenas como propias y dedicarse a la labor que corresponde al Estado, lo que podría generar un ligero cambio en la ciudad sería una mirada más responsable e inteligente de su parte, y que pudiera comprender los intereses de la comunidad que conforma como propios. Una mirada consciente de que es en la deferencia donde se han cimentado las grandes diferencias.