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LA DEUDA QUE NUNCA SE PAGA

Otro payaso enla lavadora
Por Daniel Bonilla
 
Otro payaso enla lavadora
Por Daniel Bonilla
 
Y una vez más, la navidad a la vuelta de la esquina está, como dirían, en buena tonada, los señores de la Universidad de la Salsa. Qué lindo resulta ver iluminadas las avenidas y las casas de nuestras ciudades. Pero también a la vuelta de la esquina está la oferta desenfrenada de un mercado que, casi como una avalancha, se cierne sobre nosotros de manera inclemente. Por supuesto que este escenario de terror es poco creíble para la mayoría de ustedes, la navidad es, en últimas, una época de regocijo para estar en familia, recordar a los ausentes, brindar por la felicidad de propios y extraños, ansiar un futuro mejor y, sobre todo, para salir a los centros comerciales a comprar de todo y para todos como si no hubiese un mañana.

Mientras ustedes alistan sus primas de fin de año, en las salas de juntas de las entidades bancarias, algo más turbio tiene lugar. Ellos presentan sus estrategias de mercado y sus planes de promociones y ofertas para seducir a sus clientes. Y digo seducir porque detrás de esa promesa de felicidad, siempre se esconde la imposibilidad del cumplimiento de dicha promesa. Y así, se encuentran todos listos para dar la orden a sus operadores de call center y asesores comerciales para hacer las llamadas respectivas, enviar las cartas necesarias y ofrecer mejores servicios que la competencia. Ahí están, a la orden del día, viajes, regalos, juguetes, automóviles último modelo y baterías de cocina. Y todos nosotros listos a una sola voz para estrenar.

Qué importa la crisis, qué más da que no tengamos efectivo, si las salvadoras tarjetas de crédito siempre están allí para tendernos la mano, para que las tendamos en nuestra mano. Qué más dan los contratos de flexibilidad laboral y de prestación de servicios. Qué más da que no tengamos vacaciones pagas y que los beneficios de la seguridad social queden congelados durante dos meses. Qué importan los intereses y los cobros jurídicos si todo lo hago por ver a mi familia sonreír. Mis hijos lo agradecerán en un futuro.

Pero sus hijos, los míos, no solo no lo agradecerán sino que tampoco podrán escapar de ese engranaje que nunca se detiene y a su vez, se convertirán, enarbolando las banderas de sus padres, en consumidores activos, siempre en pos de dinamizar la economía y satisfacer las demandas de sus seres queridos. Pero las únicas demandas que en el fondo terminamos atendiendo son las de las oficinas de abogados que nos llaman, durante la gran resaca de enero, febrero y marzo a recordar nuestra obligación y a hacernos firmar promesas de pronto pago.  

Felicitaciones al comercio y a nuestro bien amado sistema porque nos permite ser libres y escoger los objetos de nuestra felicidad. Felicitaciones también porque son capaces de construir una relación que nunca podemos abandonar, porque tan simple como cierto es que nuestra sociedad se ha convertido paulatinamente y de manera imperceptible en un cúmulo de deudores morosos. Además, ¿cómo decirle que no al pequeño que en su carta pide el juguete de quinientos dólares? Muchos prefieren no correr el riesgo de ser tildados como malos padres o tacaños. ¿Hay entonces libertad en una sociedad que se construye sobre la idea traslapar los afectos por objetos tasables en moneda legal?

La promesa de bienestar ofrecida por el capitalismo encierra un truco. Los intereses son como ratas que no paran de reproducirse aunque nosotros, ingenuamente, creamos que llegará el día en que podamos respirar con alivio y que hemos arribado al final de nuestra deuda. A la vuelta de la esquina entonces lo que se puede advertir es una clase media que gasta más de lo que gana, que enriquece a las multinacionales y los bancos y que sobrevive a plazos. He visto las mejores mentes de mi generación creciendo en familias que prefieren mirar a los vecinos para no sentirse inferiores. He visto exacerbarse los arribismos justo para las fiestas de fin de año. He visto a la vuelta de la esquina a un diablo riéndose a carcajadas y gritando: “Feliz vanidad”, y enseguida, diciendo para sus adentros: “vanidad, mi pecado favorito”.      

 

 
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