
LA CASA DE POESÍA SILVA HA MUERTO
Ilustración por Pegatina/Cartel Urbano.
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego
Hace muchos años, en el centro de Bogotá hubo una casa de poesía. Solían celebrarse allí los ritos, las conversaciones, los recitales y las lecturas silenciosas que les son más propias al arte de las metáforas y de las imágenes escritas. Su fundadora, la poeta María Mercedes Carranza, se propuso devolverle la poesía a la gente de todas las condiciones y rangos desde la casa por medio de una biblioteca especializada, una inmensa colección audiovisual y fonográfica con poetas y escritores que han leído de manera personal, singular, esa realidad plana en la cual vivimos, también mediante un auditorio donde se daban a conocer libros y autores.
Asimismo, el lugar fue raíz de multitudinarias actividades poéticas, como el concurso “Descanse en paz la guerra”, que contribuyó a observar nuestra violencia con una lucidez superior a la de los noticieros y las temerosas habladurías de la calle. Diversos gobiernos ayudaron al mantenimiento de aquella casa. El impacto y la importancia de lo que allí se hacía sirvieron como ejemplo a otros países, en los cuales se gestaron proyectos similares. Pronto la Casa de Poesía Silva (denominada así en homenaje al más notable de nuestros poetas, José Asunción Silva) se convirtió en un símbolo no solo de la capital de Colombia sino del país mismo.
María Mercedes Carranza murió en 2003 y desde entonces la casa inició su declive. Es un secreto a voces que el individuo nombrado en la dirección como reemplazo de la poeta fue no solo inoperante sino dañino, hasta el punto de propiciar él solo la autodestrucción del sitio, pues lo convirtió en su oficina personal, en un escampado de sus amigos, en fortín para halagar a empresarios y políticos de todos los pelambres. Se llegaron a ver monstruosidades y exabruptos patrocinados por este señor en nombre de la casa de poesía. Uno de ellos -se cita un ejemplo menos doloroso que patético- fue la promoción del libro de seudopoemas cometidos por el espantoso senador Roy Barreras. No es difícil imaginar a los funcionarios de la casa, con el dudoso director a la cabeza, en sus esfuerzos por adular las ridículas poses literarias del político. Así, de tumbo en tumbo, se llegó hasta la vergüenza y la paupérrima condición en que se encuentra la casa hoy día.
Muchos podrán decir que la institución no se ha acabado, que a veces abre sus puertas de la calle Catorce. Y tienen razón solo en lo simple, en lo evidente: el hecho de que a un establecimiento no le quiten el aviso de entrada y le sigan pagando a unos vigilantes para cuidarlo no significa necesariamente que ese establecimiento se mantenga, respire, viva. La Casa de Poesía Silva que conocimos murió hace mucho tiempo.
El problema es que esta situación solo tiene como dolientes y demandantes a los poetas colombianos, quienes ya han escrito una sentida carta de protesta. Muchos de estos poetas podrían brindar testimonio personal del trato ofensivo que les brinda el director cuando tienen la mala suerte de encontrárselo. Además ya se sabe que en este país solo se le presta atención a quienes andan armados hasta los dientes o tienen mucha plata. Es complicado que algún gobernante le haga caso a un grupo de escritores con el fin de salvar una casa de poesía. La poesía no da votos ni sirve para hacer negocios.
Aunque ya no se realicen grandes actividades poéticas en ella, aunque esté en manos de ese inoficioso burócrata y ya haya desparecido su espíritu, la Casa Silva es un invaluable patrimonio nacional. Y ese argumento basta para poner esta problemática en consideración no solo de quienes aprecian la literatura sino de toda la ciudadanía. Puede que no sea una situación grave en comparación con nuestras cotidianas desgracias sangrientas. Pero la poesía es alimento, nutrición del alma dentro de una colectividad porque la aleja de la barbarie. Y si ese alimento se desvirtúa, o si se cree que los miembros de una sociedad no lo van a echar de menos, es porque necesitamos el regreso de la casa con urgencia. Las generaciones venideras sabrán agradecer a quienes tengan en sus manos la resurrección de este refugio y arcano, de este orgullo de Colombia.
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.