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INFORMACIÓN CON LA BOCA LLENA

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego


La periodista Jessica de la Peña presenta una noticia televisiva mientras come y mastica lo que parece ser su desayuno. El vídeo puede verse en Internet (mírelo al final de esta columna) y, aparte del grotesco humorismo o de las críticas superficiales dirigidas a de la Peña, esos segundos de masticación informativa son la representación maestra del periodismo para televisión en Colombia, no solo realizado con afanes patológicos, a las carreras, sino incomprensible, altisonante y sensiblero: una labor de hondas implicaciones sociales –mantener informada a la población, evitarle vivir de espaldas a su propia situación– realizada por gente presurosa a la cual no se le entiende lo que dice (ni lo que piensa) pues está ocupada comiendo.

Hasta estos extremos de insolencia ha llegado buena parte de nuestro periodismo audiovisual. El deseo de mostrar los sucesos en tiempo real ya no tiene ningún tipo de escrúpulos, y mientras más inmediata sea esa exposición se considera mejor lograda. Los lentes de las cámaras emboscan a las víctimas de la corrupción, los asesinatos, las catástrofes, unos pocos segundos después de ocurridos esos eventos. Necesitan exhibir lágrimas, gritos, angustias porque su tendencia a la cacería de los hechos no conoce mesura, deben capturar la atención (la emoción) de los televidentes a la vez que justificar con grandes índices de audiencia el dinero ofrecido por sus patrocinadores. Sin importar si los espectadores que observan esas tomas, durante un minuto o menos, entienden a cabalidad lo que de veras está sucediendo.

De las negociaciones de paz en Cuba al televidente se le quedan en la memoria unos guerrilleros trepados sobre motocicletas como si fueran turistas; de la reanimación del moribundo en Bogotá guardará la espectacularidad del milagro, la celebración del resucitado junto a unos mariachis; de la administración del alcalde Gustavo Petro las imágenes de bolsas para basura derramadas en las aceras y avenidas. Los informadores intentan explicarles a sus públicos tan solo aquello que lograron ver en unos cuantos minutos y no alcanzan a hilar un discurso decente ni a formular unas preguntas adecuadas. No deben ni pueden detenerse: los están acosando desde las jefaturas de redacción para que vayan a captar otras noticias, diez, cien más, sin reducción de la premura.

Los periodistas de televisión suelen culpar por sus trotes frenéticos a la rapidez con que avanza la cotidianidad, o señalar a los consumidores de sus breves, confusas noticias, a los telespectadores, como responsables directos de su medianía y falta de profundidad. Cuán fácil es excusarse en que ocurren muchas cosas a la vez, en que a la gente del común la estimula lo mórbido, lo atroz, lo sensacional. Debe recordárseles a estos periodistas del afán algo muy simple: los ciudadanos no son tontos y requieren una información si no calmada por lo menos inteligible. Gran mayoría de personas carece de tiempo para oír la radio o leer un periódico. No les queda camino distinto de observar con ligereza un televisor. Esas personas tienen derecho a que los ubiquen en contextos claros cuando ven un acontecimiento a través de la pantalla.

Es inútil pedirle a Jessica de la Peña que no coma viandas mientras presenta las noticias. Así la enseñaron y sin duda seguirá haciéndolo, inclusive a satisfacción propia; para los periodistas como ella la información en televisión es algo que debe hacerse pronto y ya, no importa si el resultado es deplorable. Lo que sí puede rogársele, desde el fondo del corazón televidente, es que mastique un poco más despacio. A ver si se le entiende aunque sea una mínima parte de lo que dice. Por su bien y por el nuestro.

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