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HOMENAJES E INSULTOS AL FANTASMA

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote

Tal vez a Álvaro Mutis le hubiera gustado ver las reacciones ante su muerte por parte de muchas personas que nunca han leído ni media página suya. Elogios exagerados en redes sociales de Internet, en la prensa escrita y en la televisión. Frases de Mutis sacadas de contexto –y acompañadas por la fotografía del escritor– circularon en diversos lugares, de las bibliotecas a los bares, de las academias (el autor de “Un Bel Morir” las detestaba) a la calle, a la conversación regular. Quizás toda aquella esporádica popularidad llena de lágrimas y lamentos lo hubiera llevado a sentirse bien, a comprender esas manifestaciones hipócritas (“ha muerto un gran escritor, un orgullo de Colombia, una leyenda”, etcétera) como el mejor final para su destino de poeta y novelista.

Al fin y al cabo, desde los primeros volúmenes que publicó hace más de sesenta años, puso de presente cuán rastreros y livianos podemos llegar a ser como sociedad. Actitudes recrudecidas, enlodadas, cuando pretendemos demostrarles a los demás lo que no somos: cultos, entendidos o conocedores. En el fondo las declaraciones de luto sin sustancia delataron nuestro óxido y nuestras mentiras, material suficiente para escenificar en la vida real cualquier amargo poema de Mutis. Y eso, si se mira en calidad de homenaje, no tiene igual.

Al ridículo se sumaron unos cuantos resentidos. En artículos similares a panfletos decían estar desenmascarando a Mutis gracias a una serie de hechos que sus lectores auténticos sabían desde siempre: desfalcó a una institución y estuvo en prisión, trabajaba en frívolas empresas cinematográficas para mantenerse, sus textos en apariencia están desencarnados de las situaciones colombianas, era un lector exquisito –y eso, por supuesto, brinda cierta imagen de arribismo y elitismo-. Fueron muchos lectores y opinadores quienes se sumaron a estos ataques. Pretendían, así como los elogiadores lloriqueantes, exhibir calidades de polemistas que en verdad no poseen.

Toda esta sarta de tonterías celebrativas o insultantes demuestran el inmenso vacío en que se halla la percepción de ciertos eventos culturales. Siempre es más fácil reducir al escritor, y de paso a su obra, en marcos de un slogan o de un lema (García Márquez: Realismo Mágico y amigo de poderosos; Mutis: Maqroll el Gaviero y oligarca) que atreverse a leerlo, porque leer es exigente, requiere tiempo, disposición y sobre todo lucidez. Es ocioso, además, pedirle a los críticos de bolsillo y a los fanáticos conducidos por la emoción que se tomen el trabajo de leer a Mutis. Encontrarán muchas sorpresas entre las cuales pueden mencionarse dos. Una visión recia y muy original del torturante poder político (“La Muerte del Estratega”) y una espléndida mezcla de la historia entre la poesía (“Caravansary”). Si existe un aspecto positivo en todo este desperdicio de exaltaciones y denuestos es que por su culpa quizás alguien se acercará a estas novelas, poemas, ensayos con respeto y calma.

Porque al resto de enfurecidos (y anhelantes de noticias morbosas o sangrientas), a la mayoría, por fortuna ya Álvaro Mutis empieza a olvidárseles. Los están esperando otras temáticas para rebajar o admirar de modo injusto. En Colombia y en Occidente abundan la bazofia, los sucesos estúpidos. Que se entretengan con ellos. Otros –unos pocos, aunque suficientes– releerán los manuscritos o los conocerán por vez primera. Nada como esos simples gestos de lectura, lejos del alboroto y del ruido ignorante, para rendirle tributo a un escritor excepcional. Lo demás casi no importa porque la necedad, lo dijo Schiller en sus “Cartas sobre la educación estética”, no logra ir más allá de lo inmediato, pero el entendimiento, si lo es, no se detiene hasta estrellarse con la verdad. Algo que seguramente habría comentado, con mucha gracia, Álvaro Mutis.

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