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HAZ LA LECTURA Y NO LA GUERRA

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego


Los conflictos entre imágenes y palabras encuentran soluciones involuntarias lejos de las academias y, a veces, del ejercicio científico. La existencia de caricaturas, cómics, y de ese producto cultural llamado “Novela Gráfica” (una de las pruebas más altas en civilización y desarrollo del pensamiento humano, pues logra unificar las narraciones visuales con las escritas dentro de un sano equilibrio), así como la complejidad a la cual han llegado ciertas series de televisión sin perder su carácter entretenido (la mentadísima Breaking Bad, Los Soprano, Six Feet Under) demuestran un esfuerzo por conjugar códigos que desde siempre han permanecido en pugna.

Para los nostálgicos de la letra impresa, sin embargo, esta lucha la está perdiendo el libro de papel mientras toma ventaja una nueva especie: el no lector, el que no lee. Según uno de estos defensores a ultranza del texto sin fotografías ni ilustraciones, el traductor y escritor español Jordi Llovet, los bárbaros se han tomado las universidades además de los medios de comunicación, y de nuestro idioma –cuyo sustento era, desde luego, el libro– no quedarán más que signos leves, abreviaturas, minucias. Así lo dice en Adiós a la universidad, sus memorias, publicadas hacia 2011. Por otra parte, en actitud irónicamente muy paralela a la de Llovet, es decir con su misma radicalidad aunque hable de algo por completo distinto, el periodista colombiano Adolfo Zableh se precia de no haber leído y de ni siquiera necesitar la lectura de libros para su trabajo: palabras más o menos es lo que le contesta al cuestionario del blog mexicano “Indieo”.

Deben aclarárseles algunos matices a los enemigos y a los defensores del libro. Son asuntos que tal vez ellos sepan o intuyan pero nunca sobra tenerlos en cuenta. Leer fotografías y dibujos no es una actividad tan pasiva como piensan los ratones de bibliotecas. Enfrentarse a una impresión visual requiere formación y sensibilidad cercanas a la del lector de palabras impresas. No es solo cuestión emocional. Observar (observar de verdad, sin afanes ni trotes) Guernica o La señoritas de Avignon, esas dos pinturas de Pablo Picasso que lo cambiaron todo en cuanto a los modos de proceder y de ver se refiere, es difícil para alguien que no posea ciertos datos históricos y estéticos previos. Es falso eso de que rechazar los libros es volverse un no lector. La diferencia estriba en que, al leer imágenes, se gesta otra clase de lector.

Con las palabras y la imprenta es justo recordar al pensador francés Roland Barthes, quien hablaba hace cincuenta años de revalorar, devolverle el cariz hedonista y placentero como hecho físico, sensorial, al texto escrito. Por temor a la supuesta muerte del libro, hemos olvidado la sutileza sensual que implica pasar los ojos sobre unos párrafos. Tal es la solemnidad de los académicos defendiendo los viejos libros, que pretenden convertir a la lectura en un acto muy serio, muy profundo, cuya esencia está destinada a unos pocos elegidos y sabios como ellos.

Los libros quizás necesitan más irreverencia de parte del lector, y de sus creadores. Y las imágenes, en consonancia con esto, precisan que se las tome un poco más en serio, lejos de esa concepción mercantil asociada con la facilidad, la improvisación.
Porque si hay un tipo de lector identificado con este siglo es el amplio, el generoso y variado. Alguien que interprete sin problemas un vídeo clip y un soneto del Siglo de Oro español, un anuncio publicitario y una novela. Sin inmiscuirse en peleas torpes del tipo
“entusiastas por la novedad versus tradicionalistas”. Lectores, cómo no, de films, series, vídeo juegos, cómics y novelas gráficas. Podemos auscultar más y mejor lo que nos rodea.

No hay que prestarle mucha atención a las discusiones bizantinas que van en contra o a favor del apocalipsis para el libro y para la lectura. Entre las escasas virtudes de estos tiempos, sin duda la de acceder a muchos y diversos materiales para leer es una de las que nos está salvando.

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