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Cartel Urbano
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GUAYABERAS

Blasfémina
Por María Ximena Pineda

 

Ojear una revista Caras o Gente en época de vacaciones es encontrarse con un sinnúmero de hombres en guayabera. No les luce para nada. Aparte de verse como fotocopias, si son panzones se ven más grandes de lo que son; como neveras andantes. Además, hay algo de falsedad en esas sonrientes caras de banqueros y celebridades y ‘donnadies’ luciendo guayaberas. Ellos mismos parecen no hacerle justicia a la prenda.

Dice Shakespeare en Hamlet: “Sea tu vestido tan costoso cuanto tus facultades lo permitan”. Quizás es por esto que existen modistos de la “nueva ola de guayaberas” como el cubano Ramón Puig que cobra cientos de dólares por una; precisamente para que personalidades como Sting, Robert Duval o Sylvester Stallone puedan usar una prenda, originalmente propia de los guajiros cubanos, pero actualmente insertada en el mundo del couture.

La guayabera era una prenda campesina, impropia entre las clases altas cubanas. Hoy en día es, sin duda, símbolo de status. No hay matrimonio en Cartagena que no exija el uso indiscriminado de guayaberas de lino o de algodón. Hasta Old Navy tiene una línea de guayaberas. ¿Cuántos de estos empresarios que posan para Caras en una guayabera Old Navy saben si quiera que se llama así porque allí era donde cargaban guayabas los campesinos cubanos en sus largos días de jornal?

El total desconocimiento del origen proletario de la guayabera no es pecado. Pero no deja de ser irónica la costumbre de empresarios, banqueros y hasta líderes políticos de lucirla como si fuera un traje Armani.  Ironía que manifestó por escrito en los medios cubanos Fidel Castro antes de  la pasada Cumbre de las Américas cuando afirmó que era curioso que la presencia de Cuba estuviera prohibida en esa reunión pero las guayaberas no. Y claro, si Barack Obama ya le había mandado a hacer su guayabera con anterioridad al diseñador colombiano Edgar Gómez. Terminaba Fidel su artículo diciendo “¿quién puede aguantar la risa?”.

Dice el viejo adagio popular “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda” Por lo general entendemos que la mona no es digna de la seda. Que la seda es fina y la mona ordinaria. El uso postmoderno de la guayabera en el mundo empresarial y fashion de las estrellas de Hollywood, de los mandatarios y líderes políticos, y hasta de los nuevos yuppies, da pie para subvertir el sentido del dicho. Aunque el snob se vista con guayabera, snob se queda. Uno de los principios básicos de la moda es precisamente no perder la identidad y la guayabera no encarna ninguno de los valores de los nuevos modelos neoliberales que la lucen con una sonrisa de oreja a oreja.

A esos nuevos lucidores de guayaberas Old Navy o Puig  les iría mejor una camisa blanca Ralph Lauren y los locales se verían mil veces mejor con una camiseta blanca Gef. Así como uno es lo que come, uno es lo que se pone. Ténganle un poco de respeto a la guayabera, mírense al espejo y téngase ustedes también un poco de respeto. Que salgan en Jet Set con Guayabera en Cartagena no los hace ver más esbeltos, al contrario, se ven como un nevecón. Caballeros, para lucir una guayabera como se debe, les hace falta mucha de la dignidad que tenía García Márquez en Estocolmo cuando recibió su premio nobel en su liki-liki.

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