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GASTRONOMÍAS

Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax

Uno es lo que come. Claro. El ejemplo perfecto es nuestro hermano perdido, el homínido Neandertal, quien por su robusta contextura física, mucho más robusta que la nuestra, y su gran cerebro, 1.400 cm3, reflejaba una dieta alta en carne de mamut.

La jirafa, sin ir más lejos, tiene ese cuello tan largo por andar comiendo frutos de las copas más altas de los árboles según decía Lamarck, aunque algunos afirmen que la aseveración puede ser más Garciamarquiana de lo que se cree. Por otra parte, según observación científica, los restos del Australopitecus, de entre 4 y 2 millones de años, presentan características que evidencian una dieta casi exclusivamente vegetariana: caras redondeadas, mandíbulas muy fuertes y enormes molares.

Según cantaba Piero, algunos norteamericanos presentan mandíbulas más grandes de tanto mascar chicle, y según lo sostiene el derrière de millones de ciudadanos norteamericanos también, se nota un consumo excesivo de hamburguesas, Coca Cola y papas fritas.

Por otra parte, un estudio sobre hormonas y comportamiento de varios científicos y antropólogos de las Universidades de Berkeley y McGill, señala que los colobos –raza de micos africanos- al comer hojas con alto contenido de estrógenos, se vuelven más pendencieros, copulan más y se acicalan menos. Por otra parte, gracias a mi observación atenta del hombre durante estos últimos 15 años o más, puedo afirmar que la gran mayoría de ellos al consumir aguardiente se vuelven también pendencieros y quieren copular más –aunque se queden dormidos en el intento-.

Es inevitable que nuestra alimentación no se vea reflejada en nuestro comportamiento social, en nuestro organismo, en nuestras células. La alimentación es lo que somos ¿pero cómo decidimos qué comer? Hay varias respuestas. Comemos lo que tenemos a la mano, por lo general. A veces lo que nos impone una cultura o una religión. O simplemente lo que nos tocó.

Hace unos días escuchaba a unas mujeres quejarse de tener que comer marrano porque, al final, salía gallina. Es que hoy en día todos salen corriendo al son del compromiso. En este caso, comemos marrano porque es lo que tenemos a la mano, es lo que nos tocó.

En algunos primates, el contexto social es uno de los factores que incrementa la aceptación de comidas distintas o nuevas. Los monos capuchinos comen más alimentos novedosos cuando un grupo grande lo hace al mismo tiempo. Quizás le da seguridad.

De pronto las féminas colombianas estemos experimentando el mismo fenómeno de los monos capuchinos. Gracias al amplio oleaje de turistas extranjeros en Colombia durante los últimos años y antojadas por lo novedoso de esta carne, hemos cambiado el marrano que nos tocó comer por carnes tipo Kosher, por prosciutto o jamón serrano. Y viceversa, pues nuestro coterráneo estará dándose un banquete con otro tipo de perniles de distinta –nunca mejor- calidad.

Es absolutamente cierto que somos lo que comemos. Leche, verduras, guaro, carne de cerdo o de marrano pequeño. Kosher o Falafel. Cordero o mamut. Pero así como somos lo que comemos, también somos lo que nos comió, porque en este orden de ideas no somos solamente consumidores de alimentos sino presas de consumo. Es posible que nuestro pariente lejano del Neandental, saboreándose su filete de mamut aún, haya sido devorado por un bisonte hambriento. También es posible que el cachondo colobo hastiado de hojas estrogenadas, en vez de comerse a la coloba, ésta se lo haya comido a él.

Y de pronto nosotras, cansadas de tanto Kosher, seamos presa de nuevo del marrano, cerdo, marrano pequeño o lechón. El que sea que no salga gallina. Es la ley natural. La cadena alimenticia. Somos lo que comemos pero también somos lo que nos comió.

 

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