
FOTÓGRAFO DEL HORROR Y LA BELLEZA
Los hijos del fotógrafo Sady González donaron sus archivos a la Biblioteca Luis Ángel Arango. Cien fotografías conforman la exposición “Foto Sady: Recuerdos de la realidad”.
Fotos: Sady González (Archivo Biblioteca Luis Angel Arango)
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego
Hay un momento en que el fotógrafo colombiano Sady González abandona sus costumbres de retratista convencional, esas instantáneas en las cuales aparecen grupos familiares y rostros del mundo citadino bogotano, para convertirse en el cronista y documentalista de una sociedad que estaba cambiando drásticamente, aunque ni él ni nadie lo notaran.

Desde los años treinta del siglo XX González empezó a registrar con su cámara el pulso vital de la ciudad que habitaba tal como lo haría un calificado reportero o un novelista perspicaz. Fotografías de payasos circenses con inmensa tristeza no opacada por las amplias sonrisas; un bandido capturado parece reírse, lozano, de la policía y de quienes lo observan; la niña resplandeciente entre adultos severos a quienes se confundiría sin problema con estatuas de piedra. Y los espantosos, vívidos testimonios visuales del Bogotazo, el 9 de abril de 1948, cuya noche y crueldad quizá no han concluido: en un rincón del Cementerio Central, el cadáver de Juan Roa Sierra, asesino de Jorge Eliécer Gaitán, hecho girones por la multitud vengadora, en una esquina cierta facción de esa multitud armada con aguardiente, fusiles y machetes está a punto de saquear comercios, quemar edificios y asesinar a quien se le atraviese. Asimismo, fotos aéreas que develan cómo Bogotá pasó de ser una aldea a volverse un caos inmanejable. O fotos desde pisos altos que captan transeúntes grises, el tranvía, calles céntricas con edificios solemnes y negros automóviles anchos.

Sady González poseía disposición y paciencia de cazador con el fin de que nada se le escapara. Y puede afirmarse hoy, sesenta o setenta años después, que dio cuenta de todos los sucesos, estuvo en todos los lugares precisos a las horas justas. Sin proponerse un derrotero más ambicioso que el de ser testigo preferencial, construyó la gran crónica de mitad del siglo XX en Colombia.

Los herederos de Sady González legaron gran parte de sus archivos a la Biblioteca Luis Ángel Arango, convencidos del valor histórico que tienen estas singulares fotografías dignas de estar junto a los mejores trabajos de fotógrafos legendarios como Robert Capa o Cartier–Bresson. Cien de estos impresionantes registros pueden verse en la exposición “Foto Sady: Recuerdos de la realidad”.
No es raro saltar de la carcajada al estupor si la muestra se observa con cuidado. Ahí estamos todos los colombianos, punto por punto, inmortalizados en nuestras locuras, arribismos y sutilezas. Tras cotejar las imágenes resulta claro que el tiempo nos ha cambiado muy poco. Alguien interesado en tratar de responder las preguntas “¿Quiénes o qué somos?”, o “¿Qué es Colombia?”, encontrará buenas pistas en esta exposición.
Ahora, cuando el país se hunde en la atrocidad y la injusticia, conviene peregrinar hacia el pasado con el fin de ver si existe algo rescatable, al menos un pequeño retazo, una tenue clave que nos devuelva la dignidad o la entereza. En las fotografías de Sady González están vivos esos instantes añejos para mostrarnos lo más aborrecible y lo más excelso de nuestra condición: los asesinados del Bogotazo arrojados sobre pasillos del camposanto, así como también el poeta León de Greiff fumando cigarrillo con una larga boquilla, o unos niños trepados sobre un carro con su elegante padre inmersos en una infinita placidez sin tiempo ni medida.
Sady González nos relató sus historias fijas en impecable blanco y negro, pensando menos en su gloria personal que en tejer el futuro. Bien mirado, ese futuro en este país es un eterno presente.
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