
FALSOS POSITIVOS ANTES DE LAS ELECCIONES
Nadie debería olvidar, y menos en época de elecciones, a los catorce jóvenes de Soacha asesinados en 2008 que el Ejército hizo pasar como cadáveres de guerrilleros o miembros de las Bacrim.
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego
Nadie debería olvidar, y menos en época de elecciones, a los catorce jóvenes de Soacha asesinados en 2008 que el Ejército hizo pasar como cadáveres de guerrilleros o miembros de las Bacrim.
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego
Si se habla de una vergüenza suprema en un país delirante y exagerado como este, un territorio que es ya vergonzoso en sí mismo, donde casi todo lo que debería ser impecable resulta escabroso e infecto, tiene que seguirse hablando de esa masacre llamada “falsos positivos” por gobiernos y medios de comunicación con el afán de aligerar la brutalidad de sus fines, la venalidad de sus procedimientos y el asombroso descaro de su impunidad.
Debe insistirse sin descanso en estos crímenes que salieron a la luz pública en 2008, cuando fueron asesinados catorce jóvenes del municipio de Soacha y presentados sus cadáveres en Ocaña (Norte de Santander) como guerrilleros o miembros de Bandas Criminales (Bacrim). Los relatos de estas muertes son aberrantes y enfermos: muchachos de condición humilde engañados y vendidos hasta por doscientos mil pesos para ser posteriormente asesinados entre torturas, y cuyas bajas sirvieron de estímulo a algunos militares que obtuvieron ascensos, traslados importantes e incluso permisos vacacionales gracias a ellas. Las exhumaciones de los cuerpos y la subsiguiente investigación destaparon uno de los negocios más aterradores de los que se ha tenido noticia en esta tierra del horror: miles de personas ofrecidas en calidad de mercancía, eliminadas y disfrazadas de muertas en combate, de trofeos bélicos.
Por supuesto, algunos de los asesinos están en la cárcel. Pero las madres de las víctimas, quienes dando muestras de gran valentía revelaron la infamia, siguen siendo amenazadas y amedrentadas. Deben existir intereses muy poderosos –vinculados aun al gobierno central y a las fuerzas armadas– en que todo esto se mantenga silenciado y, ojalá, olvidado.
Con el afán de que siete de estos jóvenes asesinados no se conviertan solo en cifras del conflicto armado colombiano, la guionista, escritora y realizadora Alexandra Cardona Restrepo inmortaliza sus historias en el documental Retratos de familia . Allí, sin recatos ni maquillajes, a través de fotografías e impresionantes testimonios de madres, padres y familiares, observamos cómo funciona una nación envilecida por sus dirigentes, con un sistema de justicia tullido y la descomunal indiferencia por parte del grueso de la población. Las imágenes, sopesadas, sobrias, dan cuenta de gran dignidad y belleza (siete vidas que comenzaban a despuntar, sus sueños específicos, su heroísmo anónimo) aunque también muestran a los muertos usados por el presidente de la república en pro de obtener votos y popularidad, o por periodistas sedientos de morbo.
Aunque parezca una temática manida, aunque en otros contextos esta matanza ya no sea el centro de las opiniones, hoy más que nunca debe recordarse. Es la demostración básica de cómo somos los colombianos pese a que nos desagrade reconocerlo: mezquinos, aprovechados, deseosos de conseguir nuestra satisfacción personal a costa incluso del derramamiento de sangre, de la crueldad. Del mismo modo, estos sucesos espantosos necesitan ponerse de presente justo ahora cuando Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe Vélez, ministro de defensa y presidente de Colombia en 2008, intentan llegar al poder presidencial (el segundo por interpuesta persona) otra vez: estos antiguos fanáticos de la guerra que no hace mucho tiempo premiaban a quienes más guerrilleros y criminales mataran, hoy por hoy enemigos acérrimos entre sí y supuestos abanderados de una paz lejana, quimérica.
El país al que esos señores dicen representar es el que no consigue empleo por fuera del tráfico de drogas y del crimen organizado, ese país que votará por ellos porque no hay alternativas, es el mismo que cae asesinado todos los días bajo su mirada, el mismo que pretenden humillar aún más cuando vuelvan, cualquiera de los dos, a tomar las riendas.
Las madres de Soacha y sus familias son las auténticas representantes de Colombia. No podemos olvidar sus vidas ni sus ejemplos. Ellas son la verdadera cara de una confrontación armada que ya se volvió comercio y beneficio para un puñado de truhanes quienes afirman, sin pudor y riéndose en nuestras propias caras, gobernarnos.
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