
EXTRAÑAS MANERAS DE PERDER EL TRABAJO
Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah
Perder un empleo puede ser una experiencia provechosa, estimulante. A mí no me despidieron de mi último trabajo por perezoso, por llegar tarde o por echarle los perros a la esposa del jefe. Por el contrario me dediqué a cumplir mis labores cabalmente por casi dos años, a ocupar una silla reclinable veinte o treinta minutos antes que los más diestros empleados de aquella multinacional. En las mañanas con la única que me estrellaba al llegar era con Carmencita, que ya venía bajando las escaleras con un balde, un trapeador y una sonrisa, la que nos faltaba a muchos en la empresa. Sólo dos del departamento llegábamos tan temprano, compartíamos un milenario gusto por las mañanas silenciosas y el trabajo lagañoso. Tal vez tanto madrugón innecesario aplomó mi despido, quién sabe, lo cierto es que de allí pasé a ser parte de ese 12 y pico por ciento de desempleados en Colombia, uno más de la urbe que no tiene vacaciones pagas ni hace mercado en Carulla.
La carta de despido decía casi apenada “sin justa causa”, pero prefiero culpar a mi empeño por leer un poco de literatura todos los días en la oficina, culparme a mí por creerme Vargas Llosa y destinar un mordisco de sol diario a la lectura y otro poco a escribir, obligarme a esto sin excusas. Tenía un ritual medio marciano. Después de almorzar en la cafetería del primer piso, subía corriendo las escaleras y me abstraía en la novela que tuviera en mi puesto —algo insólito frente a los ojos somnolientos post chancleta de res con fríjoles, de mis compañeros—, así me daban las dos de la tarde y volvía a lo que, para la empresa, debía importarme, lo que me daba de comer. Y yo que por esa época sufrí de una falta de apetito constante. Cuando terminaba las labores antes del tiempo destinado, escondía los textos sobre mis piernas debajo del escritorio, y con cuidado bajaba la mirada para continuar la historia que había dejado a medias junto a un tinto frío. Recuerdo que una tarde hundido en aquella lectura secreta de mirada gacha, me encontré con unas líneas que me embrujaron y me quemaron vivo: “En consecuencia, se atuvieron a no pensar jamás en el término de su esclavitud, a no vivir vueltos hacia el porvenir, a conservar siempre, por decirlo así, los ojos bajos”. Camus hablaba de la depresión del pueblo de Orán, de esa peste que los obligó a mantener los pies quietos sobre la proyección de sus mismas sombras esquivando cualquier nostalgia por antiguos gustos. No hablaba de mí, así que levanté la cabeza y revisé una orden de trabajo que había llegado al correo.
La jornada laboral en este país sin importar la profesión, debe durar entre siete y ocho horas, en casos extraordinarios un poco más. Cuando es la publicidad quien paga el seguro social y la ARP, el horario es una fantasía. Salir varias veces por semana al filo de la madrugada con dos bolsas negras colgando debajo de los ojos, puede convertirse en el día a día. Esas noches me sentía médico de guerra, remendando pedazos de piel aquí y allá, salvando vidas ajenas y ganando peleas de otros. Una mañana, con la cara como un panda, fui a una reunión que citaron el día anterior. A mí y a dos más del grupo nos felicitaron por un proyecto que podía ganar un premio internacional. “No hay que confiarse, sigamos trabajando así. Felicidades”, nos dijeron. Salimos por el arco del triunfo. Todo esfuerzo tiene una recompensa, dice mi mamá.
Un jueves antes del festival que esperábamos con codicia, donde se apartaría a los ganadores de los frustrados y los envidiosos, me llamó mi jefe a su oficina, precisamente andaba yo leyendo en secreto. “Igual usted va a recibir su indemnización. De verdad lo siento Ángel”, concluyó. Salí de allí con una carta en las manos donde decía que trabajaba hasta el final de la jornada, y un montón de preguntas que no se me dio la gana formular.
Vi los resultados del festival desde mi cama. La campaña quedó finalista entre “las mejores del mundo”, según decía la página de internet. Me sentí bastante tranquilo y llegué a una conclusión: hay decisiones necesarias que no somos capaces de tomar y otros terminan por hacernos ese favor. Esa es mi recompensa.
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