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EL TÍTULO COLGANDO DE UN CLAVO

Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah


Me gusta encontrarme con cierta gente cada cierto tiempo, digo, esos espejos terminan alimentándonos o demoliéndonos. Hace unos días en La gran manzana, una tienda multifuncional barata al norte de Bogotá, me hice amigo del librero que me atendió y me contó de a poco, casi entre versos, que desde el ochenta y pico escribía poesía, razón por la cual solté una palabrota: poeta. Me fue mirando con una amargura tremenda: Discúlpeme, pero son los literatos, los periodistas, los historiadores y en general esa gente graduada de universidad, quienes pueden escribir y publicar fácilmente; y ponerse esa clase de títulos. Era claro que también él había escogido un propio título: Nadie, o Ninguno, que es un rótulo firmado por el no-alcance académico; pero preferí callar, no insinuarle nada. Mejor escribir.

Siguiendo con los encuentros, también me gusta estrellarme con textos precisos que invitan a la desmitificación: “Voy a empezar diciendo la única verdad que van a escuchar de mi boca esta mañana: yo soy periodista, pero no sé nada de periodismo. Y cuando digo nada, es nada: no tengo idea de la semiótica de géneros contemporáneos, de los problemas metodológicos para el análisis de la comunicación o de la etnografía de las audiencias (…) No soy comunicóloga, ensayista, socióloga, filósofa, pensadora, historiadora, opinadora, ni teoricista ambulante y, sobre todo, llegué hasta acá sin haber estudiado periodismo. De hecho, no pisé jamás un instituto, escuela, taller, curso, seminario o postgrado que tenga que ver con el tema” (Sobre algunas mentiras del periodismo, Leila Guerriero. Artículo incluido en la edición 108 de la revista El Malpensante). Entonces empiezo a rebanarme los sesos pensando en la academia y su misteriosa indulgencia, en su arrogancia sus togas y sus birretes. Porque esta empírica, Guerriero, que es de lejos la mejor periodista y cronista de Latinoamérica, se muestra orgullosa de su lejanía académica y casi vanidosa con la sentencia “no pisé jamás un instituto”, lo que más bien reza entre líneas: no lo necesité antes y no lo necesito ahora, vean lo que pueden hacer sin ir a la universidad. El empirismo es un método exigente que solo vencerá la exclusión laboral si está operado por cerebro y corazón: el 80% de los graduados en Colombia goza de un empleo formal con sueldos superiores a 1’500.000 pesos; un graduado de universidad gana entre 30 y 40% más que un empírico. Pero la voluntad de poder es energía que se transforma en mano de obra especializada.

No le creo a un trabajo —o a un arte que se vuelve trabajo— por cómo lo aprendió a hacer quien lo hizo, le creo por cuánto sudó haciéndolo quien lo hizo. No admiro los kilómetros que se recorren ni el dinero que se gasta para llegar a una escuela de alta reputación en Buenos Aires o París, finalmente el papel de los títulos profesionales, venga de la ciudad que venga, tiene la misma materia prima del papel higiénico. Y aclaro: estudiar es necesario, es la herramienta que tenemos para hacer algo bien, en el mejor de los casos eso que nos gusta, pero hay formas de hacerlo. Infinitas formas. Ir a la universidad es una de las más cómodas, tener profesores como faros que muestren un camino a recorrer es de gran utilidad, pero a veces nos convencemos, o más bien nos convencen, de que lo sabemos todo, que lo aprendimos en el conteo semestral, y que valemos mucho por eso, cuando en realidad valemos nuestro peso en experiencia y sudor, y ese fragmento de texto, el de Leila, es un ejemplo en forma y contenido de que la universidad no está más allá del bien y del mal, que está, indiscutiblemente, más acá y que es cuestionable.

A veces nos preguntan qué estudiamos y de cuál universidad salimos como si con la respuesta en las manos pudieran entender qué cosa somos, y no solo profesionalmente hablando: se identifica un estrato social, se identifica un alcance laboral; nos identifican como personas con o sin futuro dependiendo de esto. Y lo peor de todo es que ya lo creímos y ya lo profesamos: como el librero, que podría ser un poeta pero es un librero quien irónicamente no estudió “librería profesional”.

Andrea Palet, escritora y editora chilena, anotó que el filósofo José Antonio Marina dijo: inteligencia es la aptitud para inventar proyectos, mantenerlos, ser capaz de liberarse de las circunstancias, solucionar problemas y plantearlos. Perdón don José Antonio lo voy a adulterar un poco: ser profesional es tener la aptitud para inventar proyectos, mantenerlos, ser capaz de liberarse de las circunstancias, solucionar problemas y plantearlos; no será nunca tener el título colgando de un clavo.

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