
EL SILENCIO REVOLUCIONARIO
Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego
Algunos medios de comunicación, los que no olvidan con facilidad, le critican al Subcomandante Marcos, una de las cabezas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) que aún opera en el sur de México, su presunto silencio, su negativa a las apariciones televisivas y periodísticas, en comparación con otras épocas (tal vez de 1995 a 2001) cuando hizo famoso el pasamontañas con el que oculta su rostro, y sobre todo popularizó su discurso en contra de la globalización, el neoliberalismo y la exclusión a las minorías.
También se ha dicho que el ícono por él representado, incluso hasta la lucha del movimiento protector de los derechos indígenas, pasan por un ocaso, por una crisis definitiva. A modo de ejemplo, se lee en una reciente edición del diario El País de España (5 de enero–2014) cómo Marcos atraviesa una enfermedad, y cómo también los esfuerzos del EZLN tras veinte años de haberse levantado en armas -un inolvidable primero de enero del año 1994 en Chiapas- aún se encuentran en ciernes.
Muy poco de esto es cierto. Los grandes medios ocultan o desconocen el puñado de conquistas logradas por el Zapatismo, pocas aunque significativas. Haber hecho posible la visibilidad mundial de sus problemáticas, y haber convertido su causa en señal de identidad con muchísimas poblaciones sin voz a lo largo de Occidente, son quizás los principales logros de esta “guerrilla de palabras” como terminaron definiéndose una vez abandonaron la condición de insurgentes armados. Los esfuerzos del EZLN no solo no han claudicado sino que después de dos décadas se consolidaron: sus peticiones básicas –tierra, alimento, educación– son hoy por hoy un programa que trasciende lo político y, justo por ser decente desde lo político, se vuelve un modo de pensamiento, de vida. De la mejor manera, además. Sin ruidos ni vociferaciones. El problema del Zapatismo es que no se anuncia en CNN Noticias a diario. No vende. Ni es información para despertar intereses sentimentalistas o atractivos dentro del consumidor promedio, a quien unos indígenas jamás le parecerán sofisticados ni posmodernos.
El pretendido silencio del Subcomandante Marcos se asemeja, como actitud, al del EZLN. Es difícil hallar dentro del cúmulo de dirigentes políticos actuales una coherencia y un compromiso tan radicales como los de este hombre mestizo que desde hace más de treinta años se unió a la defensa indígena mexicana. Sus comunicados y textos de diversa índole, cargados de humor y solidez argumentativa, han seguido publicándose en múltiples medios independientes. El silencio por el que es objeto de críticas en parte se debe al afán de no figurar en exceso, de no ceder a esa nefasta careta que los mismos medios quisieron hacer para él y para sus convicciones: la del guerrillero multimediático, la del clon imposible de Ernesto ‘Che’ Guevara.
“Ni en el centro ni en la periferia”, manifestó en cierta ponencia de 2007. “La respuesta es la palabra Tú”, escribió en su más reciente artículo para www.enlacezapatista.ezln.org.mx (28 de diciembre–2013) cuando un personaje le preguntó por los actos revolucionarios en el presente.
Veinte años después del alzamiento Zapatista la evaluación tiende a ser, quizás, decepcionante. Las sociedades occidentales están consagradas al consumo y al capitalismo. La conciencia de respeto a las diferencias raciales, económicas e ideológicas, pese a estar incubándose, todavía es un propósito lejano de llevar a cabo. Continuamos en “la Noche de los Tiempos”, así descrita por el propio Marcos en el primer comunicado de la Lacandona. Sin embargo, el ejemplo de resistencia, la seriedad no objetada e inobjetable de este mensaje se mantienen contra los intentos desvirtuadores y lapidarios. Tanto el EZLN como el Subcomandante Marcos nos siguen demostrando que también puede combatirse a los insolentes dueños de este mundo con una actitud ajena a la soberbia, con un silencio tan revolucionario como cualquier acto beligerante. Porque los problemas se han agudizado, los escasos frutos obtenidos no pueden adormilar lo que aún resta por hacer. Porque, les guste o no a los poderes, les importe o no a las ciudadanías, la lucha continúa.
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