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EL RELOJ DE CUERDA

Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah


Habremos dedicado cada segundo de nuestra vida a editar libros o fotos, a enseñar sobre Pitágoras o Balzac, a cocinar salmón o lechona, a lavar ropa o autos, a operar aviones o camiones o tractores. A trabajar eternamente. Y entonces también habremos dejado pasar, imperiosos, muchos de esos segundos de largo, sin disfrutarlos, sin entenderlos.

Schopenhauer nos comparaba constantemente, y en cierta ocasión dijo que “(…) los hombres se parecen a esos relojes de cuerda que andan sin saber por qué. Cada vez que se engendra un hombre y se le hace venir al mundo, se da cuerda de nuevo al reloj de la vida humana, para que repita una vez más su rancio sonsonete gastado de eterna caja de música, frase por frase, tiempo por tiempo, con variaciones apenas imperceptibles”.

Y si nos comparaba abiertamente con una maquinaria fría que no tiene mayor razón que un tic tac cíclico, su visión era apenas oportuna; no por nada la mayoría de los aparatos que usamos a diario —que terminan por convertirse en una extensión del cuerpo— en nuestro lugar de trabajo, dan la hora: de llegar, de trabajar, de comer, de salir, de llegar, de trabajar.

Permítanme, ya que vamos flotando sobre estas aguas, hablar sin nostalgia de un lapso de tiempo que pasé trabajando para una empresa francesa. Recuerdo ese tiempo —especialmente ese tiempo— porque mi cubículo daba frente con una esquina blanca. Mi cara, que apenas se asomaba unos centímetros sobre la pantalla del ordenador, debía librar batalla contra aquel vértice incoloro un montón de horas un montón de días un montón de semanas. Para evitar la modorra que causaba el simplismo visual tomaba mucho café, aunque realmente siempre tuve más ganas de lanzarle el líquido a esa maldita esquina; una manchita, la más mísera gota de café estampillada en la pared, dinamizaría mi rígida rutina.

Esas “variaciones apenas imperceptibles” de las que hablaba el filósofo alemán en el siglo 18 podrían ser, en nuestra época, los fines de semana, por ejemplo.

Recuerdo también (sobre ese mismo tiempo) que al salir de la oficina los viernes me convertía en otro: un alguien infinito, diferentísimo al autómata robotizado por la estabilidad económica. Y esa pequeña dosis de cambio hace la vida —un poco— llevadera.

A veces los fines de semana —o aquellas cortas vacaciones— son lo más parecido a una biopsia que diagnostica el avance del daño, qué órgano se ha comprometido por culpa de la dilatación rutinaria, aunque, sin dudas, también es un analgésico que atenúa el dolor.

Puede que sea cierta la analogía del reloj de cuerda, y puede que sea cierto, también, que la circularidad propinada a nuestros días, contrario a lo que se piensa, nos desfigura. De ser así, es necesario un breve recordatorio: no todas las cuerdas tienen el mismo largo.

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.

 

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