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EL PRESIDENTE Y LOS GOLES: UNA SOLA BORRACHERA

Ilustraciones por Pegatina/Cartel Urbano

Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego

Esta vida no es solo fútbol ni reelección de encantadores de serpientes que ilusionan a las masas con la promesa de la inasible paz. A veces parece que no nos importaran otras cosas, porque cada tanto solo se conversan, se comen, se respiran patadas a pelotas, denuncias ridículas de Álvaro Uribe Vélez –nos sigue demostrando que no sabe perder– en torno al supuesto fraude electoral, griterías patrióticas de gentes desesperadas por celebrar con la camiseta amarilla y el aguardiente bien puestos porque el equipo de Colombia anotó unos goles, arribismos de presidente reelegido presentándose como el redentor y salvador de este país –desde César Gaviria llevamos en esa misma farsa casi treinta años–, elogios a los jugadores colombianos por cualquier motivo, su desempeño deportivo, su valor humano, su sonrisa atractiva o la manera en que aparentemente nos han devuelto la esperanza.

Y en ocasiones nos vemos obligados a celebrar, a sumarnos, con la actitud más lejana de la serenidad, al gran tumulto que exhala alaridos en una esquina porque llegó la paz –parece un chiste–, en otra porque tenemos una de las mejores selecciones futbolísticas del Sistema Solar y sus alrededores.

Pero la vida en esta patria es mucho más que el dopaje futbolístico y el delirio del experto en incumplir promesas a quien le dicen ‘Señor Presidente’. Afirmar que la única ganancia obtenida con los goles es el orgullo por ser paisanos de unos futbolistas competentes les fastidia y repugna a quienes ponen su compromiso con el país en una prenda de ropa, a quienes piensan que ser colombiano es haber nacido en la misma nación donde nació Teófilo Gutiérrez. Decir que la tan anhelada paz no es una construcción que se vaya a dar gracias a la reelección presidencial de un político profesional en mentiras y que nos costará cuando menos el sacrificio de otras generaciones, es incómodo, resulta muy molesto para aquellos que creen en la retórica bastarda de las FARC o son optimistas porque no volvió al poder el amo de la guerra, el señor Uribe Vélez.

Algún día, quizás, se legalice el consumo, producción y tráfico de las drogas. En cierto día del futuro le impedirán a las corporaciones extranjeras venir a explotarnos y a destruirnos. Cuando ocurran esos dos lejanísimos milagros tal vez pueda pensarse en que logremos vencer el conflicto armado y social interno. Pero mientras tanto soñar con un desarme inmediato, con la buena voluntad de un presidente experto en gabelas, en corrupción administrativa, y de unos guerrilleros tan diestros en el narcotráfico como cualquier cartel de Medellín o de los Zetas, es un poco ingenuo, incluso romántico. Algún día el fútbol dejará de ser el multimillonario negocio de la FIFA y volverá a ser la fiesta popular de otros tiempos: ¿Es tan difícil entender que nuestra esperanza no depende de un entretenimiento en el cual se enriquecen unos pocos? Parece que sí es complicado para nuestras multitudes frenéticas entenderlo.

Colombia es más, mucho más que todas estas ilusiones. Aún estamos dormidos entre la pesadilla del señor Santos prometiéndonos imposibles y el ensueño de algodón azucarado del triunfo futbolístico. No estaría mal despertar aunque fuera a plazos, espabilarnos con intención de ponernos serios, y asumir los costos reales de modificar este endiablado país. Más allá de los festejos excesivos y de los suspiros inocentes expresados en la palabra paz escrita sobre palmas de manos, está nuestro deber como colectividad, el impedir que este modelo económico injusto siga operando, el volver a poner en discusión la temática de la legalización.

Es necesario aguar tanta festividad neurótica y detenernos a pensar mejor la monstruosidad en la que vivimos. De lo contrario la resaca nos costará cara cuando notemos que el fútbol ayuda tan solo con el ánimo, cuando nos demos cuenta del inmenso cúmulo de falsedades que rodean a las negociaciones con los narcoguerrilleros. Siempre es más fácil armar guachafitas para una sociedad civil desinformada y exhausta. Aunque suene obvio decirlo, las garantías de nuestro porvenir no serán conseguidas por medio de rumbas. Y cuando empiece a amainar la borrachera las cosas empezarán, también, a quedar más claras.

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