
EL PAÍS INDIFERENTE Y SU PENSADOR
Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote
Aunque a casi nadie le importe, en Colombia tenemos un filósofo a la altura de los grandes como Hegel, Nietzsche o Platón. Su nombre es Nicolás Gómez Dávila y cumple el 18 de mayo cien años de nacimiento. El aniversario debería ser la noticia cultural del año, alrededor de él deberían estar unidos el periodismo cultural, las academias y los involucrados en el mundo del libro y la lectura, para difundir y promover el conocimiento de este pensador que desbanca en sus libros (“Notas”, “Textos”, “Escolios a un texto implícito”) las ilusiones y dogmas en que está sumido Occidente, la mentira del progreso, la estupidez innata de los políticos, la presunción barata de algunos artistas, mediante aforismos y breves párrafos llenos de escepticismo, suspicacia, inteligencia.
Pero estamos en Colombia. A Nicolás Gómez Dávila le tocó en suerte un agridulce destino: ser ignorado por la mayoría de sus compatriotas o mal entendido (cuando no, sinceramente despreciado) por algunos que han leído su obra y lo acusan de anticuado, derechista católico y oligarca. Mientras en Alemania existen cátedras universitarias dedicadas al estudio de los escolios que escribió, mientras en Italia se están traduciendo sus manuscritos y la Universidad de Trento organiza un congreso internacional para homenajearlo, la supuesta y presumida intelectualidad colombiana le voltea la espalda o, miope, lo juzga autor de frases chuscas, no sabe dónde ponerlo porque Gómez Dávila jamás salió en televisión, ni fue procurador ni presidente, ni figura de la torpe farándula cultural nacional. Estamos en Colombia, donde sólo hay tiempo y atención para las matanzas, los héroes del terror (narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares) y la banalidad. Muy pocos nos han definido con tanta exactitud como el propio autor de los escolios: “Características del colombiano: imposibilidad de lo concreto; en sus manos todo se vuelve vago; falta de moralidad; la noción del deber es desconocida; la única regla es el miedo del gendarme o del diablo; en su alma ninguna estructura moral, ni intelectual ni social; ignora toda tradición; sometido pasivamente a cualquier influencia, nada lo marca; nada fructifica, ni dura, en ese suelo de contextura informe, movedizo, plástico e inconsistente” escribió en sus “Notas” hace sesenta años.
El propósito de su pensamiento, por otra parte, estaba lejos del espectáculo y la fama. Consistía en desmontar y derrocar a lo que denominamos la modernidad y a sus trampas, un cuestionamiento permanente a las ideas convertidas perversamente en instituciones o en fanatismos, la negación de esas democracias tullidas que solemos crear cada cierto tiempo. Al compendio de sus reflexiones lo calificó como “una tenue sombra que seduzca a unos pocos. Para que atraviese el tiempo, una voz inconfundible y pura”.
Así pues, el mejor modo de festejarlo es seguir leyendo sus textos, donde se denuncia y desenmascara a la condición humana. Cualquier acto público, estatua o coctel le quedará pequeño a este prodigioso hombre que ya ha alcanzado talla universal. Así casi nadie en estas tierras lo sepa. Así su mirada perspicaz pase sin pena ni gloria por los indiferentes paisajes colombianos. Nicolás Gómez Dávila merece todos los homenajes pero esa grandeza, justo es decirlo, lleva a concluir que es Colombia la que resulta indigna de tener a un pensador como él.
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