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EL ORGULLOSO GAY

Ilustración: Pegatina/Cartel Urbano

“El día que mi madre se enteró que yo era gay, quiso emborracharse para olvidar tan dolorosa noticia”.

Por John Better
@johnbetter69

En un capitulo de Los Simpson, la marcha del orgullo gay pasa justo frente a la casa de la insigne familia americana. Desde una de las coloridas carrozas, un marchante grita: "Somos gays, acostúmbrense", a lo que la mordaz Lisa Simpson responde: "Ya estamos acostumbrados".

Sí, a eso se ha reducido el asunto, a una costumbre de carrozas y cuerpos  ardientes en los que el músculo y la silicona compiten por quién lubrica más el ojo voyeaur del espectador.

En todo el mundo el asunto es el mismo: un candente carnaval en el que  Batman y Robin van  tomados  de la mano descaradamente, donde las vedettes travestis son Monroes, Madonnas, Ladys Gagas o Kylies. Y por ahí, en medio del jolgorio, un grupo de activistas vestidos de novios parten el pudin de la inclusión con guantes de látex.

La Real Academia de la Lengua define el orgullo como “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas  nobles y virtuosas”. Nunca he estado presente en ningún desfile del orgullo gay y espero no hacerlo jamás. Me he desnudado mil veces a través de mi escritura para enseñar cicatrices, y ese es mi orgullo.

El día que mi madre se enteró que yo, su hijo mayor, el dador de sus futuros nietos, era gay, mi casa se llenó de tías y vecinas que trataban de consolar a mamá, quien corría como una cabra loca de los cuartos a la sala, de la sala a la cocina, bramando que le trajesen una botella de aguardiente, porque ella lo que quería era emborracharse para olvidar tan dolorosa noticia. De eso hace ya quince años. No recuerdo si le trajeron la botella de licor, pero aún hay días en los que veo en su mirada la resaca de aquel trago amargo que representó la revelación sobre mi homosexualidad.

En el barrio Las Nieves, donde viví hasta los diez años, recuerdo una familia de cienagueros conformada en su mayoría por muchachos jóvenes, vagos de esquina que al verme pasar no perdían la oportunidad de gritarme rechiflas o cambiarme el nombre por los de personajes femeninos de las telenovelas más vistas de finales de los años ochenta.

Aclaro que no debo mi opción sexual a la mimada crianza de mi madre y de mi abuela, ni a las constantes y despiadadas burlas que hacían los otros de mi. Nadie tiene la culpa de que esto ocurriera. Ignoro si ser gay es un hermoso regalo que da la vida, como declaró Ricky Martin, pero sí creo que reconocerlo es un asunto de valentía, de tener el coraje de salir del armario con “plumas de avestruz y griterío de alcaravanes”, como dijo el fabuloso novelista barranquillero Jaime Manrique.

Hay quienes quizá comparan ser gay con ser vegetariano o Hare Krishna, un simple capricho. Pero así  nos vean como  los más raros de todos, con largos cuellos de jirafas, ceñidas plumas nacaradas, arqueados garras de buitres para devorar el cadáver de quienes nos censuran, aletas y cuernos que traspasan nuestra piel, respiramos bajo el agua, urdimos bajo la tierra.

Este 28 de junio mi bandera se agitará. Una bandera de sangre por todos aquellos que han caído, aquellos a los que el sida o la mano enguantada de la homofobia se ha llevado, una bandera tejida de palabras. Mi himno personal de protesta sonará más fuerte que un grito de gol en un estadio repleto, y sola, desde esta tribuna de llanto, esperaré la salida del arcoíris.

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