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EL MARKETING CARIBE

A ese eslogan que la moda llama “espíritu Caribe” solo falta que lo metan en un frasquito y lo conviertan en perfume de la mercadotecnia costeña.

Por John Better
@johnbetter69

Una década atrás, todo lo que tuviera que ver con los movimientos de la estética cultural caribe era visto como algo de mal gusto. “Boleta” o “corroncho” eran algunos de los adjetivos usados para referirse a manifestaciones musicales, pictóricas o antropológicas gestadas en las periferias de las ciudades de la Costa. La champeta, la moda propia de las gentes de los barrios populares, sus modos de hablar y actuar, eran menospreciados por un sector de la sociedad que prefería remedar los estilos americanos y europeos.

En la actualidad, las cosas han cambiado considerablemente. Hace unos años, viendo un programa musical en MTV, descubrí a una hermosa cantante británica llamada Lilly Allen. La artista aparecía caminando por las calles de Londres, cantando su canción LND. Vaya sorpresa, cuando me di cuenta de que en la base rítmica del tema aparecía un sampleo de Néstor Montes, compositor sabanero. Es una pieza grabada en 1954, titulada "Cógeme la caña", editada ese mismo año por Discos Fuentes y luego re interpretada por la orquesta Ritmo de Sabana, que dirigía entonces el genio del porro Pedro “Pello” Torres. El tema fue número uno en todo el mundo.

Desde luego, pocos fans de la cantante londinense sabían de porros y folclor caribeño. (Aunque no olvidamos que Carlos Vives llevó alrededor del mundo el vallenato y la descomplicada facha costeña mucho antes de que a Shakira se le ocurriera cantar “en Barranquilla se baila así”). Pero intuyo que fue a partir de ese guiño que le hizo Lilly Allen a nuestro folclor que se despertó en muchos jóvenes de la Costa el interés por nuestras expresiones más raizales.

En materia musical, emergieron Sistema Solar, Bomba Estéreo, Pernett y otra serie de bandas que hacen de lo costeño un “estilo de vida”. Barranquilla empezó a inundarse con una generación aburguesada que quería emular, de una forma sofisticada, las costumbres de las clases más populares. Ahora los nuevos coletos salían de las universidades privadas de la ciudad, y la verbena fue sacada de Carrizal, Las Américas, La Chinita y El Bosque, y se trasladó a modernos edificios, plazoletas y parqueaderos abandonados. La jerga del vacile se hizo de uso diario en una pose más bien amanerada.

El colmo del asunto es la reciente comercialización del supuesto “espíritu caribe”, al que quieren redefinir con un discurso publicitario e iconográfico realmente baladí. “Está de moda ser costeño”, “da un paseo por el centro”, “cómete un raspao”, citan algunas columnas periodísticas plagadas de lugares comunes.

¿Cuándo estuvo de moda ser costeño, y cuándo dejó de serlo? Ser Caribe no es una moda. El caribeño no es el sombrero vueltiao, sino quien está bajo el sombrero. El Caribe no se condensa en un estampado folclórico, en lo superficial de una telenovela o en una supuesta actitud bacana. Va más allá de eso, somos más diversos: el wayúu que atraviesa el desierto, el sabanero que en el alba conduce su ganado, la palanquera que anisa sus dulces, el oficinista en la sala de redacción de un periódico en Barranquilla enfrentándose a la pantalla. Cada cual es Caribe a su manera. Cada cual lo vive de infinitas formas. No hay una palabra, no hay una imagen que nos defina como tales, no existe.

Ya tenemos suficiente con los estereotipos que han forjado de nosotros los medios, como para ahora pretender hacer de lo costeño, de lo caribe, una marca publicitaria, recargada, de mal gusto, falaz.


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