
EL GENIO DESCONOCIDO
Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote
Era un sujeto indefinible. Podía leer en cinco idiomas, pero sus rarísimos intereses intelectuales pasaban por investigar los tejidos de canastos boyacenses, la obra de poetas que sólo él mismo había leído y que quizá ya a nadie en el futuro importarán, o por escribir farsas para muñecos y títeres publicadas en ediciones de baja circulación, casi dispuestas a jamás presentarse delante de un público. Algunos humanistas se especializan en una temática y luchan por ahondar en ella hasta casi agotarla. Este hombre, por el contrario, escaló y se mantuvo en todos los pináculos a los cuales puede aspirar un estudioso de los asuntos humanos. Tan buen escritor como historiador, lo mismo era un popular maestro de varias disciplinas (artes plásticas, filosofía, literatura, lingüística) que un editor sensible y delicado de libros ajenos. Al terminar una conversación suya el interlocutor sentía haber perdido algo precioso e imposible de recuperar. Nunca le interesaron los puestos de renombre, ni la fama pasajera que los medios de comunicación dan a cambio de sangre y mutilaciones. Ante un país que lo asustaba más que deprimirlo, que nunca entendió bien porque se lo planteó siempre como interrogante, Enrique Medina Flórez, ese era el nombre del extraño individuo, prefirió refugiarse como topo en una Tunja aldeana y dedicar su vida al fomento de la educación y del espíritu de quienes quisieran oírlo.

Para esta nación de simulaciones y banalidades, la partida de Medina Flórez nada significa. Y resulta escalofriante, por decir lo menos, que libros suyos como “Ensayos y Utopías” (una sesuda y vigilante observación, a partir de ejemplos específicos, del modo en que creamos la cultura) ya sean pasto del olvido, que una serie de instituciones regionales para las cuales trabajó reduzcan la difusión de estos textos a unos cuantos ejemplares para distribuir en unos cuantos municipios lejanos. El mismo Medina no supo nunca publicitarse –además no tenía por qué hacerlo, su oficio era silencioso y tímido– y sostuvo siempre una imagen externa ajena a los ruidos en torno de sí tan propios de los escritores y académicos actuales. En cierto modo su objetivo personal llegó a buen término, pasar desapercibido, pero no es justo con los lectores –sobre todo los jóvenes– que desconozcan este legado sutil de erudición y sabiduría cuyo signo material se encuentra en un manojo de libros escasamente distribuidos. Hasta el momento ningún ente público ni privado se ha comprometido a reeditar los textos de Medina Flórez. Lo más probable es que no lo hagan, porque ignoran de quién se trata.
Desconocido incluso entre los suyos, riguroso lector y escritor de una prosa clara, sin adornos excesivos, Enrique Medina Flórez murió tal como quería, haciéndole el quite a la celebridad. Con su partida acaba, también, un modo de asumir los asuntos humanos y del pensamiento propio de épocas ya antiguas, cuando primaban las obras sobre las vidas de los escritores, cuando no todo era ruido y fiesta por doquier, una seriedad y acuciosidad que sugería detenerse a observar y a investigar antes de emitir juicios. Y, si era posible, premiar al objeto de nuestro estudio con un digno, un sereno silencio.
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