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EL FÚTBOL VS LA RAZÓN

Por Juan Sebastián Lozano

El fútbol es el espectáculo favorito del gran público. Se ha consolidado como el mejor circo para el pueblo, el opio más efectivo para olvidar los problemas y nuestra mediocre existencia. ¿Ya debería darnos vergüenza perder el tiempo hipnotizados viendo de lado a lado un balón que tratan a las patadas?

Soy aficionado al fútbol, aunque ahora mucho menos que antes. Desde hace unos años siento un poco de culpa al quedarme como un zombie frente el televisor, usando un mínimo porcentaje del cerebro, insultando a unos tipos que no me escuchan, deprimiéndome si mi equipo pierde –lo que casi siempre sucede-, en suma, desperdiciando tiempo valioso y energía. En esos momentos me digo que debería estar terminando “El Quijote” de una vez por todas o aprendiendo a tocar el Laúd. Pero no, me gana el facilismo y quizá la nostalgia (ir al estadio con mi hermano y mi padre era mi plan favorito de niño).

“El fútbol es popular porque la estupidez es popular”, dijo Jorge Luis Borges. Él y otros escritores que admiro han rebajado al fútbol a diversión de macacos, a un espectáculo primitivo que le alegra la vida a tipos desgraciados, que descargan su frustración gritando improperios en un estadio y alentando a un equipo del que ingenuamente se sienten parte. Si el nacionalismo es estúpido, qué podemos decir de sentirnos representados por una institución deportiva que no nos ayuda en nada. Lo cierto es que si aplicamos el racionalismo al fútbol, este saldría derrotado por goleada.

Es realmente estúpido idolatrar a unos jugadores millonarios mientras 3.000 millones de personas en el mundo viven con menos de 2 dólares diarios. Es inhumana la exigencia a la que están sometidos los jugadores de fútbol, que tienen que ser totalmente obedientes a una disciplina para robots, que deben vivir como monjas para lograr un máximo rendimiento. Al retirarse a los 35 años, los jugadores suelen ser jóvenes viejos con problemas físicos y psicológicos. Me dirán que con dinero, pero realmente queda con dinero solo una minoría. Y claro, detrás de esto se benefician unos burócratas que se agrupan en la FIFA y unos verdaderos millonarios, los dueños de los equipos, la minoría que se beneficia siempre.

Ya sabemos que el fútbol le ha servido a gobiernos infames para distraer al pueblo y ocultar crímenes y fechorías. El mejor ejemplo fue el Mundial de Argentina 78, en el que prácticamente el gobierno compró el trofeo para su país. La dictadura militar logró que la mayoría no se enterara de las miles de personas que torturaron y desaparecieron. Esa copa debería estar pintada de rojo.

Ahora se han presentado protestas de distintas organizaciones sociales en Brasil, que deben recordarnos que el mundo no es color de rosa y que el fútbol no debe servir para ocultar la cruda realidad.

Otra cuestión es la pasión absurda con la que algunos hinchas se toman el fútbol. Sí, puede ser romántico llorar por la derrota y bienvenida sea la celebración por la victoria, nunca sobra un aquelarre. Sin embargo, llegar a la violencia por esto es realmente triste. Esos niveles de estupidez merecen ser castigados con rigor por la ley. El colmo de esta actitud irracional fue el asesinato del gran Andrés Escobar.

Pero no quiero amargarles el Mundial de fútbol, ni más faltaba. Yo también seré un macaco que perderá el tiempo viendo varios si es que no todos los partidos del Mundial. Dicen que el fútbol es infantil y que es un espectáculo demasiado simple (22 hombres detrás de un balón, etc.), que verlo no entraña ningún esfuerzo mental, y tienen razón, pero qué bueno divertirse como un niño este mes, crear algunos héroes, alegrarse por las victorias y sufrir un poco. El fútbol no es complejo como una buena obra de teatro, pero sí puede ser bello, no solo por las elaboradas jugadas que demuestran la destreza humana. Hablo de una belleza cercana a lo artístico. Un partido nos remite a lo universal, por aquello de la guerra simbólica y porque en él se ve quizá toda la gama de sentimientos y actitudes humanas. Simplemente no le demos más importancia de la que tiene, ni por su culpa ignoremos lo que nos afecta realmente.

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