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DONDE HAY QUE CAMBIAR LA VIDA

Réplicas del inminente
Por Carlos Salazar Cely
 
Réplicas del inminente
Por Carlos Salazar Cely
 
La ciudad es un ser vivo, una experiencia orgánica. Es necesario admitirla como tal para reconocernos en ella y para hacer, de nuestro diálogo con ella, uno de mayor asertividad. Aunque Bogotá no es para muchos más que un escenario de explotación, un centro de comercio o un simple bebedero, y aunque el de algunos es un ánimo más parasitario que participativo, al habitarla, uno más pasivo que creativo; para reconocerse como un ser urbano, en ella, debe reconocérsele como un organismo cuyos sistemas componemos, sus habitantes, como células o átomos, como virus o bacterias. Como ciudadanos la vamos creando con nuestro actuar y esta creación, a su vez, nos va determinando. El esbozo simultáneo de una dialéctica, como el de las manos que van terminando de dibujarse, la una a la otra, en La obra Drawing Hands, de M. C. Escher, trazando la silueta de ese cuerpo creador al que pertenecen. No somos -por mucho que lo deseen o deseemos, por mucho que intenten, o intentemos convencernos de ello- simples víctimas aisladas de los movimientos de la ciudad y sus políticas. Somos sus artífices. Nuestra voluntad de apatía, de utopía, de melancolía, aunque quizás sea una respuesta a sus azares, es también nuestra plegaria y la intención que va moldeando el espíritu de la ciudad, cada día. Puede ser un reflejo de sus miedos, la queja repetida por los desajustes del alcalde, la repetición autómata de la agresión como mecánica o de los mandatos de su medios de comunicación; la obediencia inmediata a los mandamientos de su apatía o la conciencia de ser una de las partes de un organismo viviente en transformación constante. Bogotá como un organismo viviente más que una organización comercial, política o criminal, aunque esta se haya convertido en su fachada o en su máscara.

La democracia es tan sólo una de las herramientas del ciudadano, y que ejerce un día al año, con su voto, con la visión de un topo al que le han inundando la madriguera con volantes de campaña. Esta ciudad la creamos, en suma, todos los días. Bogotá es ese edificio alzado entre las barreras de nuestro miedo y nuestra obediencia, y los cimientos de nuestro imaginario. Es ahí, en ese camino y en esa dinámica bogotana donde van a plantarse nuestros sueños y es allí donde va florecer nuestro futuro y el de algunos de los que amamos. “Es en la ciudad”, como escribió Carlos Monsiváis, “y no contra ella, donde hay que cambiar la vida.”

¿Y por qué todo esto? La necesidad de una observación, del balance del trabajo adelantado y el ánimo de trazar un propósito con miras más responsables. Con el fin de, en este comienzo, adquirir una visión de mayor envergadura con respecto a nosotros y a los alcances de nuestra vida en la ciudad. Todo esto, para sugerir una alianza en la deferencia, a pesar de nuestras diferencias, para proponer una mirada de mayor responsabilidad e identidad, de mayor amor y compromiso para con esta ciudad que estaremos tejiendo entre todos durante un nuevo año. ¿Esto? Una simple invitación a que se renueve como ciudadano en el sueño y la corriente de su entera preferencia, pero con esta conciencia de ser un organismo viviente. Que no sea, preferiblemente, como en años pasados, en un baño colectivo en las marismas del miedo con el que lavan algunas plazas de la ciudad.  

 

 

 
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