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DEFENSA DE LA PALABRERÍA

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote

“Menos verbo, más acción” pide María Ximena Pineda en su columna “Blasfémina” de esta página. Menos palabras, más actos. Sobre todo si de relaciones interpersonales se trata. Y la solicitud, dirigida a los hombres que intentan enamorar mujeres, o reconciliarse con ellas, parece muy justa, lógica y hasta necesaria. Sin embargo, detrás de la súplica instintiva, gestual, se esconde un demérito a la palabra.

Nunca como en estos tiempos audiovisuales la palabra había tenido tanto descrédito. Todos usamos palabras, nos servimos del idioma para intentar la comunicación. Este comercio normal con los vocablos escritos o hablados produce la impresión de que es fácil, de que es muy simple desarrollar habilidades idiomáticas. Solemos pensar que la palabra es una prostituta porque está al alcance de la mano. No obstante, educarse en un idioma – incluso en el propio-, tratar de entender los complejos armazones de frases, significados y elaboraciones verbales requiere arduos esfuerzos.

A un hablador enfermizo debe reconocérsele por lo menos el trabajo de sostener los mundos que levanta. Otro tanto sucede con el periodista o el escritor, quienes están en la obligación de conocer seriamente sus instrumentos para hacerse entender. Las desprestigiadas competencias comunicativas (el desempeño decente en el hablar y en el escribir) no son innatas ni consisten sólo en decir cualquier cosa de cualquier manera. Cuánta lectura y cuánta practica son indispensables en el momento de enviar, de entregar un mensaje con claridad. Además, hay instancias humanas donde los gestos, las maneras y los lenguajes no verbales resultan insuficientes: la pedagogía básica (cuyo sustento es la relación entre maestros y alumnos) y la literatura que puede leerse en libros y textos, son dos ejemplos inobjetables del poder de las palabras justas.

Claro, el amor es un misterio insondable. Como la muerte. Como el destino real que corre la plata de los impuestos en este país. Es muy difícil de conjugar y de entender. Pero así como no puede sostenerse a punta de palabras, tampoco funciona con la exclusividad de los actos. Un detalle que enamora necesitará justificaciones verbales de un modo u otro, aunque sea el recurso manoseado de un simple lugar común, de una expresión convencional. Porque lo que quizás olvidan quienes proclaman a los cuatro vientos ese lema ambiguo de “menos palabras y más hechos” es algo sencillo. La palabra refuerza al acto, lo estabiliza y mejora. Para lograr eso hay que pulir los actos, desde luego, pero también prestarles los códigos verbales adecuados. No en calidad de adorno sino de alimento.

No son tan accesibles ni tan cómodas las palabras. Conducen al pensamiento y lo perfeccionan. Esto lo supo el filósofo austriaco Ludwing Wittgenstein cuando escribió aquello de que sin el escudo y la protección verbal todo acto es casi vacío. Lo tuvo presente el escritor norteamericano Raymond Carver cuando citaba a Santa Teresa de Jesús: “Las palabras llevan a las acciones…Preparan el alma, la alistan y la mueven a la ternura”. Tienen el mismo peso, el mismo poder de las acciones porque las complementan.

En medio del activismo desmedido no está mal, de cuando en vez, la presencia del hablador, del palabrero. Para equilibrar las cargas, detenerse a reflexionar un poco y, sobre todo, para seguir procurando alcanzar la utopía de una comunicación con auténtico rostro humano.



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