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DE CERCA PERO TAN LEJOS

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote


Distancias.

Más de veinticuatro siglos nos separan de los antiguos griegos, quienes siguen dentro de nuestras habitaciones recordándonos el sentido paradójico del tiempo –esa ficción que debe mantenernos atentos-, el valor de dialogar antes de disparar, insultar, golpear a puñetazos. Son nuestros contemporáneos, como afirmó con razón el escritor argentino Jorge Luis Borges.

Trescientos años nos separan de aquel buen sueño que se denominó “La Ilustración”, de sus pensadores (Voltaire, Diderot y tantos otros). Sus ideas repican en nuestras mentes, esa liberación de las cadenas del dogmatismo, un afán por cuestionar cualquier forma de poder mendaz y desconsiderado. Aunque parece ajeno y extraviado, este sueño insiste en quedarse con nosotros.

Casi doscientos años entre el conflicto interno con el cual han crecido nuestras últimas generaciones, y las guerras civiles que siguieron al periodo de la Independencia en este país. La brutalidad es la misma. El dolor, idéntico. Aunque deseemos escapar, desconocerlas, escamotearlas, resulta imposible ignorar que esas desgracias nos han moldeado como sociedad. Y que estarán presentes, con paz o sin ella, para enseñarnos de continuo cómo es nuestro verdadero rostro.

Distancias de espacio, tan lacerantes o intrigantes como las distancias de tiempo.

Los amigos a quienes se quiere con el alma, y sin embargo tan lejanos, deambulando por países y ciudades, tratando de forjar sus propias vidas entre errores, buenos pasos, indecisiones. Los vemos poco. Una vez al año, una vez cada década. Y es muy complicado también reconocer que, quizás, fuimos nosotros mismos quienes nos apartamos primero, antes de que ellos se fueran.

Esas personas con las que se compartieron tiempo, sucesos de todos los calibres, altas cuotas de vida; hoy ya ni siquiera recuerdan nuestras caras ni nuestros nombres. No por olvido. Más bien porque se desvirtuó el vínculo, o hubo un malentendido arruinándolo todo. Las hipótesis surgen cuando pensamos en ellas: ¿qué habría pasado si estuvieran todavía con nosotros? ¿Cuánto habríamos ganado o perdido de estar cerca otra vez?

O esas personas que se supone tenemos al alcance de la mano, dispuestas siempre para la conversación, el cariño, los proyectos. Los parientes, los semejantes – aún si los lazos con ellos no son de carne ni de sangre -. Son tan próximos en lo físico que es fácil olvidar cómo un cónyuge, un hermano, un cómplice permanente pueden estar más alejados de nosotros que el mayor de los extranjeros.
A diario, entre nuestras costillas y espaldas, todos nuestros muertos.

También, y por qué no, los vivos desde nuestra perspectiva muertos hace mucho tiempo, los vecinos de nuestra vivienda a quienes nunca conoceremos ni trataremos, los enemigos que quisieron arrebatarnos un lugar, un privilegio, una oportunidad. Los compañeros de trabajo, de desdichas o de éxitos, desconocidos, imposibles de abordar o de mirar.

Y los seres amados, paradojales como los antiguos griegos. Cercanos y distantes al mismo tiempo.

Distancias. “Crecer es aprender a despedirse”, escribieron Neal Marlens y Carol Black hace más de veinte años en un libreto pasajero para la serie de televisión “Los Años Maravillosos”. Estamos conformados, constituidos por nuestras distancias. Vivir con ellas es una batalla fundamental. Y, con el viento en contra –eso es existir-, a veces la única.

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.

 

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