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CUENTAS DEL ALMA

Para patear las penas del alma, o mejor, para curarlas, primero hay que reconocer las heridas más profundas. Blasfémina sacó esta vez a pasear su vena esotérica y su lado más Dalai Lama.


Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax

Gastamos mucho en jabones para limpiarnos el cuerpo pero poco nos limpiamos el alma. Y a las malas vamos por la vida remendándola mediocremente hasta que las heridas empiezan a sangrar. Y entonces toca sanarlas.

Dicen los que saben que sólo las personas heridas pueden convertirse en chamanes, pues aprenden a curarse a sí mismas. ¿Pero cómo curarnos si no hay medicamentos para el alma? Para curar una pena profunda sólo nos queda sentirla, y al parecer somos varios los que vamos por el mundo muertos del susto de mirar lo que llevamos adentro.

Adentro llevamos costillas, riñones, tripas, vísceras, y junto a ellas dolores, frustraciones, venganzas, desilusiones. Adentro está todo lo que queremos decir y no decimos, los sueños de otros que ayudamos a matar, nuestros propios sueños atemorizados o agonizantes.

Adentro, estrangulando nuestras tripas, están los hijos que no quisimos que nacieran, las lágrimas que hicimos que otros derramaran y nuestros propios llantos en pena. Están las historias que convertimos en tragedias, los muros que levantamos con nuestras maldiciones, nuestros miedos, nuestras desgracias. Adentro está ese gran silencio que suena tan alto y que recorre todos nuestros órganos. Un cementerio de almas que se nos atravesaron por el corazón.

Dicen los que saben que la luna nueva en Aries acaba de iniciar su ciclo, lo que significa que podemos pedirle que nos ayude a curar nuestras cuentas pendientes. Piensen que la luna de abril es un Farmatodo al que vamos a comprar todo un botiquín de primeros auxilios y nosotros unos pacientes enfermos con receta en mano.

Habrá quienes en vez de pedirle a la luna se entregarán a los peregrinajes de Semana Santa, a los latigazos morales de iglesias, a las dietas ricas en agricultura y bajas en ganadería. Lo importante es sanarse. Sacar esos alaridos lastimeros que nos recuerdan desde adentro, desde la tripa, todo lo que hemos dejado pasar, lo que hemos dejado de amar, lo que hemos dejado de cantar.

La idea es que estas lunas de abril se conviertan en el escenario perfecto para sacar la basura y podamos continuar, limpios, nuestro camino. Alguien me dijo hace poco, un ángel quizás, que la gran revolución de este tiempo es la transparencia. Qué poco nos fijamos en nuestros sentimientos y emociones, tan poco que cada vez se nos hacen más incomprensibles, más densos, más oscuros. Y los dejamos ir, inquietos, incansables, atormentados. Y creemos olvidarlos hasta que nos toca alcanzarlos en otras vidas y darles rienda suelta o ponerles fin. Porque, como dice Rubén Blades, las cuentas del alma no se acaban nunca de pagar.

Las cuentas del alma no se pagan ni con plata, ni con propiedades, ni con joyas. Las cuentas del alma tampoco se pueden calcular con números, y tampoco hay que echarles mucha cabeza. Las cuentas del alma están en nosotros y salen cuando tocamos fondo porque estábamos volando muy alto, o cuando no tenemos ni idea qué sendero tomar.

No hay quien pueda escapar a las cuentas del alma, por eso es tan recomendable estar preparados para cuando suene ese cajero emocional y nos pase factura. Encomiéndense a los ángeles, a sus santos o simplemente salgan a pedirles a estas lunas de abril que los ayuden a sanarse, que les devuelvan el sentido perdido a esa caminata que hace rato se la pasa dando círculos y que es el verdadero viacrucis que muchos vivimos esta Semana Santa. Pídanle a la luna de abril que les cambie ese billete grueso lleno de dolor para pagar con suelto las cuentas pendientes del alma y quedar en ceros para otras vidas. Conviértanse en chamanes y cúrense para que otras semillas, otros amores, otros deseos empiecen a crecer.

 

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