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¿CÓMO PUTAS HACÍA BAUDELAIRE?

 

Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax

 

 

Hay quienes consideran una “técnica” escribir borrachos o bajo efectos narcóticos. Hay incontables listas de escritores, a lo largo de la historia, que supuestamente escribían mejor bajo los efectos de las drogas y el alcohol. Stephen King afirma no recordar cuándo escribió su novela “Cujo” en 1981 pues bebía mucho.

La idea del escritor borrachín y drogadicto viene del romanticismo. Una época de poco coctel de lanzamiento de libro y más bohemia. De calle y cafetín. De prostíbulos y trenes. No hace falta sino echarle un vistazo a las “Flores del Mal” de Baudelaire para verlo beber ese “puro y divino licor, ese fuego que colma los límpidos espacios”. Con seguridad era el trago el que lo hacía visualizar al poeta como un feo albatros, un chulo, para ser exactos, carroñero y beodo. ¿Cómo no? Es que cuando uno está borracho, precisamente luego de la fase de alegría y exaltación, empieza a tartamudear, babear y a decir estupideces. No hay nada más desagradable que un borracho. Hasta carroñeros se vuelven algunos gracias a los efectos embellecedores del destilado.

Ahora bien, la marihuana o la nuez moscada, narcóticos que se le han atribuido a Shakespeare, quizás estimulen más la escritura que el alcohol. Por lo menos, ninguno de los dos altera la coordinación motriz, vital para empuñar un esfero o teclear. A pesar de que se afirma que a las mujeres nos afecta mucho más el alcohol que a los hombres, no puedo creer aún que alguien pueda sentarse a escribir una obra maestra peado hasta las gónadas, hombre o mujer.

De pronto Yonqui, de Burroughs, Fear and Loathing in Las Vegas, de Hunter S. Thompson o The Doors of Perception, de Aldous Huxley, hayan sido producto de las musas mescalina, cocaína y anfetamina, pero nunca del bourbon, del ron o del gin. Ni siquiera el “Diario del Ron” de Thompson, libro que escribió cuando vivió en una pensión llena de cucarachas en Puerto Rico soñando con ser escritor como afirma la revista Rolling Stone y lo corrobora el mismo libro, es un texto empuñado gracias al efecto del ron. Y claro, el ron habrá sido móvil de varias faenas del escritor en ejercicio de su rol etnográfico y sibarita, por supuesto, pero me niego a creer que haya participado en la empuñadura de pluma o en la tecleada de alguna Remington.

Escribir requiere de mucha concentración y habilidad motriz. Es un oficio de precisión y claridad. Tomarse una botella de trago mientras se escribe no es una buena idea. Créanme. Lo he hecho. Una botella de vino después lo único que uno quiere empuñar es un vaso de trago, de lo que sea, hasta de la chicha más inmunda, que en ese momento sabe a ambrosía divina. El destilado provoca lo que ustedes quieran menos ganas de escribir. Ahora bien, estoy segura de que una noche de trago sí es muy enriquecedora para el imaginario de un escritor. El destilado es un buen detonante para la acción, el suspenso, el amor y hasta el absurdo. Una noche de alcoholemia da para un buen argumento, para un verso noble o maldito. Hasta para una canción.

Sigo sin creerle al señor King. A mí se me ha borrado el casette varias veces gracias al licor pero nunca he encontrado una novela escrita al siguiente día por mí durante un black-out. Lo único que he encontrado luego de esos comas alcoholémicos han sido estragos y cagadas. La noche del viernes quise escribir los versos más tristes, envalentonada gracias a una botella de vino blanco. Fue imposible. Lo máximo que hice fue reír y llorar. Un buen escritor debe saber cuándo escribir. Y uno mejor debe aceptar que en plena rasca no se puede ni firmar. Si los mitos son ciertos y Baudelaire se echaba una jarra de absenta para escribir, ¿Cómo putas hacía para entender al siguiente día esos mamarrachos? Quiero saberlo.

 

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