
CADÁVERES CAMINANTES
Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah
Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah
Hace poco decidí ir de compras, salir de mi cómoda caverna atiborrada de trabajo y aventurarme a la algazara compulsiva, a los pasillos ardientes de calor humano y a las bolsas de Zara guindadas en los antebrazos. Necesitaba pocas cosas: libretas, marcadores y unas medias decentes. Los pasillos se pueden hacer bastante densos y el movimiento paulatino acaba con la paciencia de los compradores. Me empujaron, me manosearon y terminé, no sé cómo, dentro de una librería. Aproveché y paseé por los estantes llenos de libros mientras a la gente, allá afuera, se le pasaba el éxtasis adquisitivo. Miré por los vidrios y sentí miedo, no voy a mentir. Ojos desorbitados mirando como sin espíritu las vitrinas, ropa desgarrada y manchada por restos del almuerzo, y un zumbido inentendible de voces que estremecían los pisos del centro comercial me hicieron temblar como un niño asustado. Si eso no era un holocausto, de esos que se ven en The Walking Dead, no sé qué era entonces.
Con una vasta similitud a lo presenciado aquella tarde, los zombis emergen en Haití y parte de África, como víctimas del vudú que se realiza en estas culturas de santería. Por medio de la hechicería creaban esclavos sin voluntad, a merced de las órdenes de una persona. Subyugados, pierden toda relación social y quedan expuestos a una “muerte en vida”, no toman decisiones, pivotan entre la necesidad de consumir y el deambular inconsciente; como un 24 de diciembre a las tres de la tarde en el Centro Comercial Andino.
Estos cadáveres que aprendieron a caminar a tumbos, están dándole la vuelta al mundo del entretenimiento desde los sesentas gracias a George Romero y La noche de los muertos vivientes, quien planteó un escenario sórdido y moribundo para dejar clara la idea de este andar involuntario. En los noventas la percepción de hechicería migró a la de “riesgo biológico” por un japonés idólatra del terror, que centró toda su atención en la supervivencia y la matanza. Le otorgó una forma científica a toda esta ocurrencia fundamentada en el vudú, y logró cambiar la vida de un montón de amantes de los video juegos con Resident Evil.
Los chupa sesos no podían parar ahí, seguían devorando todo a su paso. El video juego se llevó a las salas de cine con una adaptación de Paul W. S. Anderson en el 2002, contando la misma historia del virus capaz de restablecer células muertas. Estos demonios del deambular, que van contagiando todo a su paso, ya van en la sexta entrega.
La literatura por su parte también fue víctima del Virus T –el que reanima las células muertas en Resident Evil–, y en el 2007 Cormac McCarthy puso un Pulitzer en la sala de la casa gracias a su novela de ficción, La carretera. Un libro valiente como este era necesario en la literatura contemporánea, para que escritores jóvenes, llenos de fantasía e imaginación, se animaran a crear historias. Es una novela cargada de paraísos perdidos y supervivencia, conmovedora hasta los huesos, y claro, zombi.
Ese día en aquella librería, después del brutal ataque, encontré una obra de un colombiano arriesgado: Ellas se están comiendo al gato. Sabía que en este país se había hecho un cómic que tocaba la temática de los muertos-vivos, pero no una novela. Se lanzó a comienzos de este año y según Miguel Ángel Manrique, escritor del libro y ganador del Premio Nacional de Literatura en el 2008, en Colombia los únicos preparados para una batalla de este calibre son las Fuerzas Armadas. “Si te llega a morder uno de éstos, te coge el virus haciendo la fila en la EPS”, dijo el autor que, sin tapujos, toca temas de salud pública y exclusión social.
Alguien le dio la vuelta al mito haitiano y lo recreó en un país violento y despreocupado como éste. Veamos entonces la llegada de los zombis a Colombia, de los que creó Manrique, claro.