
BREVE BESTIARIO VIAL DE BOGOTÁ
Así como algunas personas tienden a perder su individualidad en la dialéctica de alguna relación particular y a desdibujarse en ese otro, el ritmo del carnaval vial bogotano parece conducir a todos hacia la animosidad o el tedio, y hacia tópicos de comportamiento que se multiplican a lo largo de todas sus calles y autopistas. Personajes cotidianos que se transforman en seres míticos y mitológicos cuando se suman y suman a los movimientos de las cabezas de esta Hidra que llamamos Bogotá.
Aquí, pues, un par de estas criaturas, para el comienzo de esta suerte de catálogo mitológico, de este breve bestiario vial:
La diosa Ganesha al volante:
Este es, sin duda, uno de los pasatiempos de alto riesgo más practicados por algunas conductoras capitalinas. Es cierto que suman más horas al trancón y que muchas de ellas son las causantes de estrepitosos accidentes, pero observar a las representantes de esta deidad, cuando han alcanzado cierta destreza, es un espectáculo circense de saltimbanquismo zen que invita al trance. Mientras manejan, pueden concentrarse y realizar simultáneamente otras tres tareas distintas. Sostienen, casi siempre, algo de maquillaje, su teléfono celular y, variablemente, una taza de café de la que van chupando con su trompa ganeshica, un cigarrillo encendido o un periódico abierto mientras su cuarto brazo lidia fríamente con el timón. A veces, algunas avezadas, suman un pequeño niño al malabar y le hablan, turnándose de este a su celular y, girando su cabeza, varían su gélida mirada de su reflejo, al del niño en el retrovisor, y luego hacia los espejos laterales, hacia el frente y hacia atrás, mientras siguen conduciendo, maquillándose, comunicándose y alimentándose.
Mad Max:
Max es el íncubo al mando del gran camión que infla sus ínfulas maníacas o en la buseta que convierte su ruinosa rutina en conducta neurótica; usualmente conduce un vehículo de tamaño considerable. Este demonio pariente del leprechaun pulula en la ciudad y está dispuesto a matar y a arrancar brazos y piernas con su gran arma motorizada. Persiguiendo un saco de monedas, la mayoría de las veces, como su pariente irlandés u, otras, tras alguna excusa moral, Max conduce con un enfoque bélico y sádico; para él es cuestión de ganar o perder, sí, algún centavo o cualquier disputa de la que se nutra pero, además, obtiene un placer inmenso de cualquier daño que logre ocasionar con “justa” causa. Su misión y su diversión consisten en castigar con su acero de siete caballos de fuerza a quien cometa lo que al pueda parecerle un agravio o una imprudencia o, simplemente, asesinarles o mutilarles porque han tenido la desfortuna de atravesarse en su cruzada.
Este demonio capitalino se alimenta, sobre todo, de peatones, ciclistas y borrachos en su salsa.
Hasta aquí, el comienzo de este breve bestiario vial...