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BOGOTÁ MUSIC MARKET: ¿EL CAMINO AL CIELO?

Por José Gandour

 

Veo la foto y no sé si reírme es lo más justo. Los veo a todos vestidos de blanco, quizás representando algún espíritu celestial que los acompañará durante sus decisiones como curadores. No sé quién recomendó semejante simbología, pero se respira un aire extraño, donde la pretensión es lucir como ángeles redentores de la música colombiana.

Los jurados del Bogotá Music Market, evento promovido por la Cámara de Comercio de la ciudad, han venido a salvarnos. No importa que uno de ellos (Alejandro Marín) no programe una sola canción hecha por estos lares en la emisora en la que trabaja, y que en su blog se presente como experto en el negocio musical por saber copiar consejos publicados en la Billboard y hacerlos propios, sin saberlos adaptar a la realidad colombiana. No importa que a otros dos de este concejo celestial (Gustavo Gómez y Andrés Nieto) no los veamos desde hace mil años en los pequeños conciertos de la ciudad observando nuevos talentos. Y bueno, apuesto a que Fernán Martínez, desde su trono particular hecho en Miami, debe creer que todo lo que suene un poco más áspero que Enrique Iglesias es metal satánico.

Volvamos a la foto. Seguramente algún tipo de espectacularidad estilo American Idol pretendían con el asunto. ¿Será que estamos buscando el Simón Cowell criollo entre nuestros expertos del music business? Un poco pretencioso el asunto, ¿no? Cowell al menos gana 90 millones de dólares al año por sus crueles comentarios. Siguiendo en esa línea, ¿a quién le corresponde el papel de Paula Abdul, Jennifer Lopez o Mariah Carey? ¿Alguno de los jurados ha cantado por fuera de la ducha? Hago una pregunta aparte: además de Fernán Martínez, ¿cuántos de los jurados (o curadores, como los quieran llamar) han participado realmente en el negocio musical, aparte de ser observadores de excepción desde la tribuna de los medios de comunicación? Y la siguiente pregunta es: ¿qué tanto les afecta realmente la situación del mercado musical colombiano? No quiero generalizar, cada uno de ellos ha llegado con distintos pergaminos y diferentes rutas, pero varios de los más reconocidos artistas de la nación hubieran podido pasar en sus comienzos al frente de algunos de estos curadores y ni se hubieran dado cuenta. Alguna vez un reconocido manager, que durante un tiempo trabajó en una disquera multinacional, me dijo un día, en medio de unas cuantas copas, que la gran mayoría de implicados en el negocio musical en Colombia está en tal grado de obnubilación y de soberbia que no reconocerían al próximo Diomedes Díaz si no viniera a sus oficinas al lado de un buen fantoche que lo vendiera envuelto en espejitos de cristal.

En el fondo el ambiente musical colombiano está jugando a ser corredor de maratones, cuando apenas hemos recorrido cien metros. Soñamos con las alfombras rojas antes de construir carreras certeras y estructuradas. Nos gusta decirles a los grupos que se llenen de managers, jefes de prensa y asesores de imagen antes de tener lista su primera canción. ¿Saben? Así, los únicos que ganan son los que tienen claro el simulacro y cobran fuerte por ello. Una cosa es la fortaleza de la imagen y otra es el espejismo. El deseo de la Cámara de Comercio de apoyar el desarrollo del mercado musical colombiano es loable, pero este no es el camino. No confundamos realidad con reality, si no seguiremos por la misma ruta.


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