
BOGOTÁ EN ONETTI
Gabo no parece incluir a Bogotá en su ficción, ni ser muy empático a sus movimientos. La menciona al describir su traumática experiencia capitalina en “Vivir para contarla” y su descripción nos permite intuir la causa de esta omisión. La magnitud de su obra y su mirada, nos obligan a excusarla.
En Cortázar y sus universos cabemos todos, todos caemos en el ancho de su imaginación y, sin duda, nuestra capital es una “Casa tomada”, pero a nivel de esencia urbana, oliendo el polvo en las ciudades de sus novelas, del lado de acá y de allá, no parece adivinarse, tampoco, el tufo bogotano. Nunca, tanto como en los humos que respira ese animal mitológico que es la Santa María de Onetti.
En la “Guerra del fin del mundo” de Vargas Llosa podemos adivinar claros síntomas capitalinos o identificarnos con algunos de los personajes de su extensa obra, pero, de nuevo, nunca tanto como en la mirada del uruguayo.
Igual con Fuentes…
Es Onetti, por su esencia, su tono, su procedencia y su naturaleza, el que logra intuir parte de la médula bogotana en su obra. Son sus delirios y personajes errantes, sus putas y sus obreros, sus negociantes y sus sobrevivientes de ruinosa rutina asesina de todos los días los que mejor retratan el odio sosegado y la burla maltrecha que se dibuja en la mueca de nuestra urbanidad. En la atmósfera de Santa María veo el reflejo de Bogotá como a través de la opaca ventana desde la que Onetti sueña sus ficciones, escondido tras un vaso de whisky con agua y el prisma humeante de su cigarrillo inevitable, rendido al sopor de su descubrimiento. En la misma figura de Onetti y su ritmo sospecho algo de nuestra ciudad y su mágico letargo, en la risa sin sonrisa de ese uruguayo que un día, en pantalón de pijama y sin camisa, entre sueños santamarianos, se disculpó ante un grupo de estudiantes que venían a conocerlo por atender a la puerta con sólo dos dientes… Y es que, según les explicó después, con motivo de algún premio o conferencia, le había prestado el resto a un tal Vargas Llosa.