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ANTES DE CAMBIAR EL MUNDO

Por Carlos Salazar
 
 “Todos quieren cambiar el mundo
pero nadie quiere cambiarse a sí mismo.”
 
LEÓN TOLSTOI
Por Carlos Salazar
 
 “Todos quieren cambiar el mundo
pero nadie quiere cambiarse a sí mismo.”
 
LEÓN TOLSTOI
 
 
“Quien quiere hacer algo encuentra un medio,
quien no quiere hacer nada encuentra una excusa.”
 
PROVERBIO ÁRABE
 
 
 
Cayendo de lleno y hasta el fondo en esta primera máxima del León ruso, el bogotano quiere salvar el mundo pero no hacer mucho por su ciudad. Remitiéndonos a la segunda máxima árabe, siempre va a tener una buena excusa para no hacerlo. Partiendo de esta teoría y de la mayoría de capitalinos que sometí a un profundo estudio, junto a los pocos que se dignaron responder a mi encuesta en los últimos días, pude concluir que- de manera extraña y excepcional en nuestra ciudad capital- esta es una cuestión que obedece a la ignorancia y a la costumbre. Ante las problemáticas más preocupantes, históricas e inminentes de nuestra civilización, tales como la violencia generalizada, la hambruna, la crisis del agua potable o la crisis ecológica general en la que la irresponsabilidad de la humanidad ha sumido a la tierra, los bogotanos manifestaron tener la voluntad de ayudar y de hacer algún sacrificio, pero ninguno sabía muy bien cómo. Tienen- como el resto de capitalinos del mundo, tal vez- mucha más información acumulada y memorizada sobre Justin Bieber, el último resultado del campeonato de fútbol o la próxima entrega de los premios Oscar. La mayoría, también, asegura que la fuerza de un cambio determinante no está en sus manos.
 
No pretendamos, claro, que un cambio mundial parta de nuestra capital, dejemos esta grandiosa utopía para una ocasión más propicia. Pero, ¿no podría este ánimo de cambiar el mundo- generalizado en los capitalinos de nuestro estudio- hacer de la nuestra una mejor ciudad?
 
Bogotá, por costumbre y condicionamiento, es una disculpa edificada que se rige por la política de la evasiva. Desde sus gobernantes, pasando por el funcionario público y privado hasta el ciudadano de a pie, el bogotano hace su mayor esfuerzo porque la labor más exigente sea adelantada por alguien más. Se ha entrenado en la mecánica de la distracción y en la catarsis de la queja. Se ha acostumbrado a tener que demostrar más que a actuar, a rendir informes sobre su gestión más que a la gestión en sí misma. Sumada a esta intención de esquivar por costumbre e imitación, está la ignorancia social de la que hablábamos. El capitalino- como parte de su identidad- no se reconoce como una fuerza comunitaria y, mucho menos, como un ente mundial. Se sospecha parte de un mundo globalizado, pero no ha terminado de comprender la magnitud de su responsabilidad en este campo. No es un síndrome aislado, el suyo, quizás, como capital de un país en vía de desarrollo, pero, en el bogotano, la noción del poder individual está especialmente aturdida.  
 
El cambio es eterno, el mandamiento del movimiento universal es inevitable, y depende de las partes del conjunto la dirección de este cambio. “Has de cambiar tu vida”, se titula el último libro del filósofo alemán Peter Sloterdijk, quien, tomando este verso de Rilke, analiza esta voluntad del ser humano de ser algo más como su naturaleza última y esencial, y concluye que la actividad, tanto del individuo como de los colectivos, actúa incesantemente sobre él y sobre cada uno de ellos… 
 
No todos podemos ser Tolstoi, pero sí adquirir mayor conciencia de nuestra influencia en la ciudad, entendiendo que nuestra labor de cada día, en ella, es suma o resta en la dirección en la que el mundo está cambiando constantemente.
 
Otro proverbio- chino este- reza, en esta misma dirección: “Antes de iniciar la labor de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu propia casa.” 

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