
ANDY, EL MAJESTUOSO CARROÑERO
En el trabajo de campo para un reportaje que nunca vio la luz, tuve un alumbramiento sobre la identidad cultural del lugar donde había nacido. Una experiencia de real Satori, un despertar como partícula, el hallazgo de una parte de la esencia de mi ciudad. Se trataba de un reportaje para el periódico de la gobernación de Cundinamarca sobre los símbolos de Bogotá y mi tarea consistía en visitar el único cóndor de los Andes con vida en el departamento. El único, por lo menos, que podía visitarse con certeza, diez años atrás, pues los avistamientos de especímenes en libertad, en las lagunas del Siecha, parecían encajar más en el género del mito o de la leyenda. El periódico me envió, por lo tanto, a ver a “Andy”. Este anglicismo nominal sería crucial en mi experiencia de despertar de conciencia cultural, pero no me permitió intuir lo que vendría. No sé qué se esperaba, en concreto, de mi visita como reportero, pero el hecho de un ave de rapiña de ese tamaño- símbolo local y nacional- tras las rejas, ya me tenía maquinando un par de analogías sobre algunos nombres influyentes de la política capitalina mientras iba camino al zoológico de Santacruz.
Al llegar, dos alas ingentes mandaron por los aires todas mis pretensiones y prevenciones junto con las explicaciones de tour científico que me venían dando los dos veterinarios expertos y la encargada del lugar. Un chulo bogotano celestial de varios metros de altura y otros más de envergadura, una suerte de ángel precolombino gigante, el dios volador de la cordillera de los Andes nos miró desde su belleza y su encierro, parado en un árbol artificial que le quedaba tan pequeño como su jaula. Sus ojos se clavaron en mí y gracias al temor que me generó su primer parpadeo, y en congruencia con su nombre, solté un susurro que intentaba algo de respeto: “Hey, Andy”… El majestuoso carroñero, tras este torpe saludo y mientras mi fotógrafo acompañante disparaba su flash como una metralla, giró su gran cabeza hacia mí. Entonces, el comienzo de mi alumbramiento cultural tuvo lugar, cuando la encargada, muy entusiasmada, me instó con un: “¡Eso, háblele en inglés! ¡Él entiende en inglés!…”
Y es que Andy- el único animal símbolo nacional con vida en el departamento-, había sido criado en California y- como pude comprobar-, sólo entendía en inglés.
En los siguientes días, pude recoger más brillos y confirmaciones de mi alumbramiento en otras investigaciones en el departamento y, luego, en las calles de la ciudad, en cada una de sus manías y políticas, en cada uno de sus timos y movimientos.
Bogotá, me di cuenta, culturalmente, aún tenía mucho de conquistada, de sometida. Me hedió a lugar de todos y de nadie, se me antojó una teta de puta de la que muchos se alimentan pero que nadie respeta, una escultura moldeada a raponazos, un centro comercial que hacía las veces de comunidad. Más allá del ajiaco, la cocaína y el cerro de Monserrate, a los ojos del resto, me pareció que carecía de una identidad cultural propia. Sentí que la ciudad no tenía una voz propia, que carecía de fuerza y autonomía y por eso sus aves emblema eran criadas y educadas en los Estados Unidos. El chulo se me antojó entonces mucho más acertado como símbolo de nuestro tamaño y de nuestro obrar vivaracho de ave de rapiña, a la espera de los restos, mucho más que el majestuoso cóndor…
Desperté, hace diez años, en una ciudad que no tenía una identidad cultural. Mirando a Andy, en su jaula, me sentí desarraigado y libre.
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