
ALTERNATIVAS ANTE EL DESASTRE
Ilustración: Fonso/Cartel Urbano
Por Juan Sebastián Lozano
@billyhuesos
¿Solo callamos, hacemos caso y seguimos la corriente? Ante el estado actual del país sería egoísta ser indiferente. Si caemos en la desesperanza ante los problemas de Colombia y del mundo, lo mejor sería el suicidio. ¿Hay alguna salida?
Lo más probable es que los seres vivos seamos solo un brote accidental del universo, un movimiento de carne y flujo de energía innecesarios, un error que debe desaparecer. Viendo el estado actual del país y del mundo es muy fácil volverse misántropo, decir que esto es un desastre sin solución, resignarnos a vivir en las tinieblas, aferrándonos solo a momentos de placer individual y a sentimientos hacia seres o cosas específicas que nos rodean. Ha sido imposible llegar a estados de civilización armónicos, siempre las guerras por el poder y el territorio están presentes y hemos destruido gran parte del planeta.
Sin embargo, los humanos somos un error que ha resultado valiente y que ha logrado sobrevivir a ambientes inhóspitos, a grandes fieras y a todo tipo de enemigos que se han extinguido mientras el frágil bípedo sigue en pie, reproduciéndose y explorando el espacio. El instinto y la energía vital hacen que sigamos en la lucha por la existencia y que intentemos evolucionar constantemente en nuestras condiciones de vida. Es un error pensar que el mundo puede ser totalmente armónico, color de rosa. La historia ha sido una sangrienta lucha por la existencia, en la que han sobrevivido los más fuertes en todo sentido. Así suene duro decirlo, debemos asumir el error de la existencia, su intrínseca arbitrariedad e injusticia, e intentar vivir lo mejor posible.
Hacer una radiografía del mundo, sentarse a llorar y quejarse es el primer paso, pero es facilista y cómodo quedarse ahí. A muchos nos invade la desesperanza al ver la realidad política del país, a un presidente de espaldas a la mayoría que como los anteriores se rinde ante los intereses de los más poderosos, que no hace las reformas que necesita esta nación para vivir en mínima armonía. Un presidente cuya ineptitud le ha abierto de nuevo el camino al autoritarismo reaccionario de su antecesor, cuyo movimiento político parece más bien un grupo de gangsters que usan todas las formas de lucha para obtener el poder.
Personalmente, todo lo veo oscuro alrededor de Oscar Iván Zuluaga -el Drácula de Pensilvania-. Qué pereza regresar a las cavernas de sus ideas reaccionarias, que niegan derechos sociales (matrimonio gay, aborto, entre otros), a sus ideas de guerra, que solo favorecen a grandes terratenientes que, con la excusa de la guerrilla, han desplazado campesinos y se han apropiado de las mejores tierras del país.
A la mayoría, su nivel de ignorancia no les permite ver esto. Para nuestros gobernantes la educación ha sido un tema secundario. Ya sabemos que a las autoridades políticas y religiosas les conviene que la mayoría siga en un estado infantil y no pelee por mejorar sus condiciones materiales de vida. Al ver la situación cuesta arriba, muchos tendemos a resignarnos y a caer en un nihilismo desesperado que podría terminar en el suicidio. Yo al menos, por ahora, no quiero caer en ese abismo. Prefiero pensar en esa antigua leyenda china que dice que un solo individuo no puede cambiar el mundo, pero puede empezar a cambiarlo. Así suene a cliché, es mejor ser derrotado en el campo de batalla. Eso hará que nos ganemos la admiración de las siguientes generaciones. Lo cómodo es resignarse, ser un borrego y taparse los ojos ante las tinieblas, o caer en el individualismo nihilista.
Algunos filósofos contemporáneos debaten si la lucha debe darse por el camino de la revolución individual, por la vía de la evolución espiritual, a través de un duro entrenamiento y disciplina que nos permita ser fuertes, soportar el dolor y los problemas para que al final seamos casi monjes budistas con un paraíso interior.
La otra opción es regresar a la utopía, a la búsqueda de la revolución colectiva, de un nuevo socialismo que haya aprendido de los problemas del pasado y construya la mejor sociedad posible con igualdad material y de derechos y deberes. Quizá estos caminos sean complementarios, quizá haya que comenzar por lo primero y resulte que para lo segundo no sea necesaria una revolución forzada. Es un buen debate del que los inconformes deberíamos formar parte. Remaremos contra la corriente y lo más probable es que seamos derrotados. Pero el esfuerzo y la búsqueda de mayor justicia deja al final más satisfacción y admiración que la victoria fácil y tramposa.
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