
ALBERTO SALCEDO RAMOS: ESO, AQUELLO Y ESTO
Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah
Fue inevitable. Como un trueno. Como la muerte. Alberto Salcedo Ramos llegó a las letras así, irremediable. Necesario como el oxígeno. “Las primeras historias que yo conocí fueron las de los campesinos de ese pueblo que se llama San Estanislao, y las que me contaban las telenovelas. (…)1972, tenía nueve años. Entonces yo salía de la telenovela a escribir algo. Buscaba a los muchachos del barrio y los organizaba como actores. Y yo los dirigía. (…)García Márquez tiene una frase que me gusta, que dice que uno llega a la buena literatura a través de la mala”.
Inevitable como la lluvia.
Un periodista es eso que se vuelve transparente, camaleónico, en un paisaje hinchado de colores y situaciones, de voces y epígrafes. Un periodista es, también, eso que mira y mira. Y mira con los oídos, con las manos, y a veces, cuando es necesario, mira con el alma. Y pregunta, porque “(…)uno debe estar obligado a administrar su ignorancia, a saber quién sabe lo que uno no sabe”. Ahora, un cronista como Salcedo es eso, aquello y esto. Un periodista diáfano que mira y mira, un contador de historias de barrio educado en principio por las telenovelas, y esto: un poeta de los datos; un escritor de No Ficción colombiano ganador de cinco premios Simón Bolívar, y ganador del Ortega & Gasset de Periodismo, y, y, y…
Escribir alrededor de ciento cincuenta página sobre Kid Pambelé es, además de una puntillosa investigación policíaca, un acto de valentía pura. Hay que ser porfiado para perseguir a Pambe, tan nebuloso, por varias ciudades de Colombia —perseguirlo incluso en Venezuela, perseguir a su pasado trágico, a su entrenador y a su hijo cristiano—, recogiendo a cambio un rimero de monosílabos; jugar al gato y al ratón: a que te atrapo, a que me dices, a que no. A que no te digo nada y punto; porque así es Pambelé. Y hay que ser porfiado para intentar persuadir al campeón de los campeones oxidados, a la gloria dilapidada, al demente, al adicto, al etéreo, al único e inigualable, al que fue “Grande como los dinosaurios”. “Puedes escribir sobre lo que quieras: un asaltante de caminos, las enaguas de tu abuela, el escolta del presidente, la caspa de Tarzán, lo triste, lo folclórico, lo trágico, el frío, el calor, la levadura del pan francés o la máquina de afeitar de Einstein” (Consejos para un joven que quiere ser cronista por Alberto Salcedo Ramos. Artículo incluido en la revista El Malpensante, edición 125, noviembre 2011). Sea como fuere, hay que ser valiente para componer todas esas páginas en clave de novela sin perder el objetivo periodístico, y lo más importante, sin aburrir al lector: al que vibró con el boxeo de antaño, por allá en los setentas, y al que nunca vio una pelea del gran boxeador de Palenque. Ya lo dijo el autor: Escribir crónicas es narrar, narrar es seducir.
“Me perdonan la facilidad de la comparación, pero creo que Alberto Salcedo Ramos es nuestro Gay Talese, del mismo modo que Joe Louis es nuestro Pambelé; me perdonan la comparación, que es fácil, pero la digo por lo evidente: no creo que sea en vano el hecho de que las dos crónicas tengan tanto sustento literario, coincidan en que sus personajes han dejado la punta de la gloria y ahora padecen el desastre terrenal de haberla perdido, y estén derrotados ya no por el rival sino por la vida” (Prólogo El oro y la oscuridad, por Daniel Samper Ospina).
Yo digo, en tono personal, muy mío, que leer a Talese, a Gay Talese, es dejar que las cifras y las noticias, la información más densa, llegue a nosotros en forma de prosa embellecida: sentir que estamos frente a Frank Sinatra, viéndole. Y que Sinatra está recostado en la barra a media luz con un whisky en la mano, que lo mezcla y lo mezcla. Y que está resfriado. Pero leer a Salcedo, a Alberto Salcedo Ramos, es sentir lo que sintió Antonio Cervantes (Pambelé) cuando noqueó a Alfonso Peppermint, cuando fue campeón. Cuando era grandísimo en el setenta y pico (La gloria). Y cuando cayó en la lona, cuando perdió todo (La tragedia). Esto es lo más honesto que puede hacer un escritor, un cronista, un contador de historias. Eso, aquello y esto.
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