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ACTORES DE PACOTILLA, LOS ROLES DE SIEMPRE.

Ilustración: Fonso

Espías, actores, figurantes, poderosos sin escrúpulos… De todo eso y otros males está hecho el lodazal pre-electoral.

Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego

Lina Luna, esposa de ese espía que en nombre del uribismo pretendía sabotear los diálogos de paz en La Habana, es y será por siempre una actriz. Con alta categoría o sin ella ha desempeñado desde su niñez papeles de damita inocente, de enternecida víctima afectada por las circunstancias o por el destino. Ni siquiera en el rol de muchacha casi rebelde o casi tonta que interpretó para la versión colombiana de Married with children logró despojarse del hálito ingenuo que dibuja su personalidad. Con idéntica interpretación, y más o menos el mismo libreto, consiguió que la contrataran como asesora de la presidencia de la república y, después, quizás estimulada por alguna de esas jugosas sumas que botan los uribistas a quienes suelen enajenar, se convirtió en colaboradora del candidato Óscar Iván Zuluaga y desde luego en enemiga acérrima del presidente que antes le había dado empleo.

No está judicializada ni presa como su marido. No ha salido todavía a defender la honra del espía, ni ha dado declaraciones serias a los medios. Es posible que nunca lo haga. Tampoco tendría cómo hacerlo: está representando su papel tradicional, el de la pobrecilla cándida que ha sucumbido por amor, porque no tenía opción, porque así es la vida, injusta, ensañándose con la gente buena de este país, es decir con los uribistas, con quienes ven guerrilleros y demonios en todo aquel que no acepte sus ideas sangrientas y humillantes.

Del mismo modo que en el teatro de William Shakespeare, donde el personaje sobre el escenario es también arquetipo, Lina Luna personifica a una clase de colombiano más común de lo que se piensa. Alguien dispuesto incluso a vender a su propia madre con tal de obtener prebendas económicas, reconocimiento social, poder, y por el medio que sea, legal o seudolegal o ya franca, descaradamente delictivo. Y si acaso llegan a descubrirlo en flagrancia, con la coartada a flor de labios, con las actitudes y excusas preparadas de antemano, justas para la ocasión: “Yo no sabía que estaba ayudando a un delincuente”, “Mis intenciones eran las mejores, yo solo quería ayudar; mi conciencia está tranquila”. Por supuesto, este tipo de personas sale limpio ante cualquier acusación. No sería raro que dentro de algunos meses o años volvamos a verla en su personaje, la doncella herida, vendiéndose al financiador de turno. Al fin y al cabo estamos en el territorio donde narcotraficantes y asesinos financian proyectos empresariales, carreras artísticas, exitosas candidaturas presidenciales, amparados por la más absoluta impunidad. Y los perjudicados son aquellos que no aprovechan las oportunidades brindadas por ellos.

En camino semejante al de la actriz, y en un horrendo paralelo, se encuentra otro histrión tal vez superior a ella en sagacidad y astucia. Su nombre es Germán Vargas Lleras, el mismo que no hace mucho en sus discursos se hacía matar por Uribe y por el uribismo, el que ha demostrado sus capacidades camaleónicas con los ardides de la vieja política, el que ahora le hace campaña al presidente candidato bajo promesas de viviendas y subsidios. Si llega a la vicepresidencia, sabemos cuál será su oficio: bregar por convertirse en primer mandatario. Sin duda con las aclaraciones bajo la manga: “Yo sí represento a la gente honesta de este país”, “Mis intenciones son las mejores, yo sólo quiero ayudar; mi conciencia está tranquila”.

Aparte del asco desmedido que inspiran estos actores y los roles que interpretan delante de sus angustiados o indiferentes espectadores – nosotros–, estas actuaciones y el teatro donde se escenifican (inescrupulosos colaboradores de los poderosos y nación desdibujada) deberían invitar a reflexionar para sufragar bien en las próximas elecciones. Como es habitual, habrá que decidirse por la menos mala de las propuestas, inclinarse por el candidato que mienta menos. En todo caso, tomar una decisión. Y votar. Porque el caos que produciría una gran cantidad de votos en blanco nos hundiría más, porque la abstención es complicidad con los facinerosos.

Pese a que la suerte está echada y si no ocurre algo insólito ya se sabe quién será el elegido, las sugerencias expuestas atrás no sobran. Aún deben quedar por ahí votantes que no quieren actuar como princesas sin culpa ni como salvadores impecables de la patria; seres humanos sin doblez, insobornables e inteligentes, que se planteen su responsabilidad política de modo óptimo, lejos de poses y caretas. Si la honestidad no es posible del lado de los que mandan y de sus ayudantes, se espera que al menos lo sea del lado de algunos que no tienen la sartén por el mango.

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