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LENGUAJES DE AMOR

Esto cree una experta en amores, a riesgo de parecer cursi, sobre los silencios y las palabras a la hora de amar.

Por: 

María Ximena Pineda

@anacaonax

El único lenguaje que nace contigo y que nunca tienes que aprender es el lenguaje del amor. Aunque a veces necesitas intérpretes, el amor se expresa por sí solo sin necesidad de palabras. Una de mis grandes amigas, sin saber una gota de inglés, y habiéndose mudado hacía poco a Estados Unidos, tuvo su primera cita de amor con un gringo en un restaurante, a donde llegó por intuición y rezando para entenderle al menos el saludo.

Como el gusto mutuo era inmenso, el Don Juan americano, inteligentemente, invitó a la mesa a un latino bilingüe que estaba solo en el restaurante, y le ofreció unos dólares, comida y bebida para que les sirviera de traductor.

Seguro que debe existir ya una aplicación que sirva de traductora en estos casos y, si no existe, sería una gran idea y habría que inventarla. Sin embargo, el recursivo galán no contaba con esa tecnología y tampoco podía contratar por tiempo indefinido los servicios del traductor ocasional.

Aún así, mi amiga y el gringo lograron salir durante dos meses y comunicarse a punta de señas, miradas, abrazos… Mejor dicho, lo que se conoce como “lenguaje del amor”.  Hace unos años también me pasó a mí, cuando empecé a salir con un brasileño. Ni yo sabía portugués, ni él sabía español, pero tuvimos un romance que duró todas las vacaciones. Quizás sea esta la forma más pura de amor, pues a veces entender todo también puede ser contraproducente y, en ocasiones, los gestos dicen más que las palabras.

Así pues, podría afirmar que los amantes son los únicos que logran atravesar la barrera idiomática y nadar como peces en el agua. Dos cuerpos que se atraen logran armonizarse de tal manera que no hace falta ni hablar. Al parecer, en el amor, la guerra la tiene ganada el lenguaje y no la lengua.

A veces las palabras son las peores enemigas de la sinceridad, especialmente en el campo del amor. No hay peor mentiroso que un halagador charlatán y no hay cosa más sincera que un gesto o una actitud instantánea. Es que el discurso, como el papel, aguanta todo. En este plano, solo puedo imaginarme un ideal: el amor de los mudos, desprovisto de toda aquella turbiedad que traen, a veces tan a la ligera, las palabras.

Con lo anterior no intento decir que tenemos que callarnos siempre para encontrar un amor sincero. Pero quizá sí esté defendiendo el poder de los lenguajes corporales, gestuales, emocionales. Estoy segura de que encierran mucha autenticidad por su origen instintivo y casi espontáneo.

Volviendo a la anécdota de mi amiga, quizás para ella ese amor sin traducción ha sido uno de los sentimientos más auténticos con los que se ha encontrado en la vida. Lo creo también en el caso de mi amigo brasileño. Pocas veces he visto esa mirada de amor que me lanzaba, superior en sinceridad que muchas de las palabras que me han dicho o, incluso, de algunas canciones que me han escrito o dedicado.

Así las cosas, pueden tomar esta columna como una invitación a ponerse en mute y amar, sin máscaras, enfrentándose a cualquier idioma, a cualquier barrera. Recurran a los lenguajes del amor que, por su diversidad, son como ríos que al correr van dejando atrás a los charlatanes.

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