
POESÍA CONTRA LA ESTUPIDEZ
Que la poesía sigue más viva que nunca lo demuestran los dos encuentros de poetas que se celebran por estos días en Medellín.
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego
Son dos festivales de poesía. Al de talla mundial asisten poetas provenientes de todos los rincones del planeta, miles de espectadores y la prensa —sobre todo foránea— que se asombra ante las diversas actividades convocadas por el evento: talleres, publicaciones, espectáculos.
Al otro, que nació hace dos años como respuesta beligerante a un supuesto elitismo del festival grande, acuden poetas inéditos, rechazados, carentes de difusión, pocos públicos y la casi total indiferencia de los medios masivos. Ambos tienen lugar en la misma ciudad, Medellín, y por la misma época, finales de julio. Desde ángulos muy diferentes, a pesar incluso de sus inmensas rivalidades, estos dos festivales representan una utopía que las sociedades contemporáneas no han logrado negar ni aplastar y que está expresada en aquella frase atribuida al escritor francés Paul Valéry: la salvación por la poesía.
El festival de poesía de la revista Prometeo, multitudinario, de gran cubrimiento periodístico, ha invitado en los últimos años a verdaderos hitos de la literatura, como el chileno Gonzalo Rojas, el ruso Yevgueni Evtushenko y el premio Nobel nigeriano Wole Soyinka. A estos íconos literarios se suman, año tras año, la palabra y los testimonios de voces acalladas o negadas, indígenas, comunidades negras, poetas subterráneos de América, África, Europa y Asia. En una semana el espectador atento que asiste a estos recitales y muestras poéticas puede entrar en contacto con una manera de entender el mundo ajena a los discursos hegemónicos propios del capitalismo desaforado, la economía de mercado y la pretendida sofisticación tecnológica. Gracias a la poesía leída u oída, los asistentes vuelven a entender que es posible vivir sin someterse a una sola visión estática e injusta, cuyo pilar se sostiene exclusivamente en vaivenes económicos, en negocios y acumulación mercantil. Esta esperanza no la brinda el festival sino la poesía en sí misma, que no se deja manipular ni enajenar por poderes de ningún tipo.
El Festival Alternativo de Poesía de Medellín, la contraparte del festival de Prometeo, se lleva a cabo en pequeños auditorios para puñados modestos de personas, casi que inmerso en una clandestinidad buscada y querida por sus organizadores. Quien acuda a sus recitales, a sus veladas, hallará voces poéticas marginales, irregulares o de brillante elaboración, a quienes les han volteado la espalda no solo las masas sino los grandes consorcios editoriales o los circuitos excluyentes que divulgan y publican libros (pues también subsisten en nuestro medio cabildeos, mezquindades y favoritismos entre grupos artísticos). Este lado B, esta cara oculta de la poesía es fundamental a la hora de comprender cómo asumir lo real en la óptica del excluido total, a quien solo dos o tres logran oír. Asimismo, este festival alternativo es el espacio propicio de cierto inconformismo, de cierta rebeldía hacia lo impuesto por las autoridades artísticas, muchas veces nichos de burocracia y mediocridad.
Lejos de ser actividades en pugna, estos festivales llegan tal vez sin querer a complementarse, a regularse mutuamente. Y benefician de modo involuntario a un país como Colombia, ahogado en el charco pestilente del lenguaje implantado por políticos, empresarios, criminales que solo entienden de billetes, derramamiento de sangre, crueldad. Entre el idioma empresarial o bélico de nuestro entorno, el hecho de ver, leer y oír poetas y poesía es un respiro necesario, un impulso vital alimentando la idea de gestar otro país, otra sociedad.
El traductor y columnista Juan Manuel Pombo ha escrito que se hace imperioso cada vez más llamar a las cosas por su nombre justo, sin maquillajes ni prudencias, con el fin de no tergiversar, de no encubrir nuestra condición real. Quizá la poesía ofrendada por estos dos festivales hermanos y contrincantes esté aportando una cuota importante en ese sentido de nombrar honestamente a lo que vemos todos los días, de quitar disfraces y aclarar caminos. Aunque sea tan solo por una semana. Aunque nuestra horripilante comedia de conflictos, poderes y torpezas continúe por muchos años.
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