
LA TIERRA PROMETIDA
La ciencia podría ser uno de nuestros mecanismos para salir del subdesarrollo, pero hemos tenido gobiernos ineptos y mezquinos que no invierten en investigación científica y condenan a las mejores mentes del país a vivir en el exilio.
Por Juan Sebastián Lozano
Una postal turística de pueblo alegre del tercer mundo, música de tambores, máscaras, bellas bailarinas que mueven las caderas, carrozas hechas con la imaginación de último momento, borrachos, borrachos por aquí y por allá que gritan y babean intentando tocar a las reinas de sonrisas falsas, autoridades locales mirando por encima del hombro, más perros cadavéricos que de costumbre y basura por todos lados. “El Espinal: tierra de promisión, la tierra prometida”, vocifera un bullicioso locutor.
Estoy hablando con Germán, un amigo físico y algo dipsómano que ha vivido en varios lugares de Europa. Limosneros, mudos y evangelizadores interrumpen cada cinco minutos la conversación. Los colores, la música, la variedad de seres humanos y el vodka que tomamos le dan un inevitable tono surrealista a la escena. Estos días de fiesta hasta el obispo del pueblo anda borracho, la iglesia se cierra y todo es un carnaval profano. Todo estaría bien si no se gritara “ladrón, ladrón, cójanlo”, cada cierto tiempo, o si no hubiera ese desfile de miseria en contraste con lujosas camionetas de vidrios oscuros y panzones con cadenas de oro.
Mi amigo me dice que está de acuerdo con la primera frase del libro Chapolas negras, de Fernando Vallejo: “Colombia es un desastre sin remedio”. Como soy testarudo pienso que podemos hacer algo, que todavía podemos construir sobre ruinas, a pesar de que nuestra historia, las noticias y las vivencias diarias quieren convencerme de lo contrario.
Germán baila y bebe contento, dice que le hacía falta la felicidad sencilla del colombiano que baila alrededor del abismo: “En un bar de Europa, la melancolía reina en el ambiente, todos están con caras largas y pensativos mientras lo que está a su alrededor funciona más o menos bien”. Claro, aquí nos acostumbramos a que lo básico funcione mal: el tráfico y las instituciones públicas. Cualquier bondad mínima del día es una ganancia, tomamos como un milagro que todo resulte bien en una jornada, somos felices con poco.
A Germán le gustaría regresar a Colombia, ayudar un poco con lo que sabe hacer, pero ya sabemos que nuestro gobierno no invierte en investigación científica. Un físico con postdoctorado como él está condenado a vivir en el exilio, recordando a su país a través de una comida, un aguardiente, gritando por la selección de fútbol. Un Ulises que no depende de su astucia e inteligencia para regresar, sino de gobiernos ineptos y mezquinos. Me alegra verlo feliz, bebiendo, intentando tocar a las reinas, disfrutando sus pocos días en Colombia.
En la noche fumo un cigarrillo en el balcón mientras Germán y otro amigo local duermen la borrachera. La música no ha parado, suenan vallenatos viejos. En la tarima del parque central del pueblo un animador fastidia el ambiente. Suben a la tarima a un niño que repite entre risas: “¿Dónde está mi cervecita?”. La gente lo festeja y suena una propaganda de cerveza águila. No es una pesadilla, solo una prueba más de la hipocresía de las autoridades y la sociedad.
Al otro día la radio local anuncia un par de muertos. Mientras dormíamos transcurrieron varias escenas vallejianas: aguardiente y ríos de sangre, risas estentóreas y machete. Eso forma parte de Colombia, a eso parece que tenemos que resignarnos: a ciudades caóticas y a pueblos que son infiernos de ignorancia y doble moral, a la violencia cotidiana.
Germán ahora vive en Chile, único país latinoamericano que está invirtiendo un presupuesto decente en investigación científica. Extrañará a Colombia, se llevará un par de botellas de aguardiente y bocadillos veleños. Debería quedarse, debería estar aquí, pero ni modo.
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