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Cartel Urbano
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MAL HUMOR

¿Será que la incapacidad de reírnos de nosotros mismos es directamente proporcional a nuestra inconciencia como pueblo?

Por María Ximena Pineda
@anacaonax

Hace no muchos meses un amigo español me dijo: “Me parece que la gente en Colombia no se ríe de sí misma, y cuando alguien lo hace, se ofende”. No podría estar más de acuerdo y para corroborarlo no hay si no que ver el tipo de humor que tenemos. Un humor caricaturesco, cuyo fin es burlarse grotescamente de alguien, generalmente de las “celebridades” o de la clase política. Lo fácil.

Para empezar, basta con darse un caldo de ojo viendo Sábados Felices para encontrar un destemplado mosaico de chistes regionalistas, malas caricaturas del colombiano promedio, parodias de tres pesos de la farsándula criolla, entre otros tristes –que no felices– espectáculos. Este sería el nivel raso, el humor convencional, típico.

En cuanto al humor “culto”, nuestra tradición nos lleva, inevitablemente, al humor político. No hay otra opción. Está aceptado socialmente y reina en las páginas de los medios de comunicación y en la televisión. Es el rey de la imitación, de la difamación, de la caricaturización y, algunas veces, de la verdad. Sin embargo, así nos pinten el monacho pusilánime de Óscar Iván Zuluaga o nos muestren el zoológico político que caricaturiza cada ocho días Daniel Samper Ospina, es un humor que se queda en una vulgar burla, porque seguimos votando por los mismos mamarrachos sabiendo la clase de alimañas que son.

Pocas veces he logrado identificar un humor más sofisticado, más puntilloso, más transgresor. Y esas pocas voces que llevan la ironía a otros niveles son, por lo general, atacadas perversamente. Aquí la capacidad de autocrítica es tomada como ofensa.

Así las cosas, nuestro panorama humorístico es el vivo diagnóstico de un país doble moralista. Que se impide autocriticarse, que se autocensura juiciosamente con la venia de dios nuestro señor. Que sólo permite la burla hacia otros, porque siempre son “otros” los que tienen la culpa de todas las desgracias que ocurren aquí. Está bien burlarse de Uribe, de Petro, del prójimo, canalla o no, mientras nosotros mismos quedemos libres de pecado.

Aquí la gente se ríe de la caca, de los defectos físicos, de los ademanes, de la incontinencia de los presidentes, del sobrepeso de la gorda Fabiola, de los pocos dedos que dejan los atentados en las manos de ciertos políticos. De lo vulgar, de la miseria, de los básico, de lo fácil, de los demás.

En el panorama de nuestro humor, hay mucho de bullying y de mal gusto, y poco de autocrítica. Y un pueblo que no es capaz de auto criticarse es un pueblo ciego. El panorama es negro. En nuestro país abundan los payasos baratos, pero faltan los brillantes sátiros, provocadores de nuevas reflexiones, gestores de nuevas corrientes de pensamiento.

Los humoristas son un indicador del grado de conciencia que un pueblo tiene sobre sí mismo, y es triste saber que estamos en las peores manos. ¿Será cuestión de afinar el humor? ¿Será todo culpa de Uribe, del procurador, de Sábados Felices?

Así es, además de ser un país doble moralista, godo y camandulero, somos un país con muy mal humor. Parece que tuviéramos miedo de reírnos de lo que somos, de hacernos un auto análisis y sacar esa carcajada perversa que nos delata, porque en el fondo sabemos que lo que tenemos adentro no es bueno. Es un gen perdido, dañado. Heredado, quizás, de las carabelas de presidiarios que llegaron a colonizar esta tierra o de la tal malicia indígena que dicen que tenemos en el ADN. Decía Darío Fo que la risa libera al hombre de sus miedos. Como ejercicio terapéutico, los invito a que se rían más de ustedes mismos y menos de los demás. A ver si empezamos a alfabetizarnos en temas de humor y damos pie a que una buena camada de sátiros destierren a esos comediantes de medio pelo que tenemos, porque, señoras y señores, es hora de cambiar ese mal humor y de reírnos con dignidad.

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