
LA DICTADURA CONTRA EL CIGARRILLO
Foto por Cascadefoto
Los fumadores son los nuevos parias de la sociedad. ¿Se han dado cuenta hasta qué punto son rechazados? Ya nadie se atreve a defender el placentero, para muchos, acto de fumar. Lo políticamente correcto es satanizar el consumo de tabaco. Este ex fumador hace un intento de defensa de lo que para la gente es indefendible.
Por Ángel Carrillo
Hablar de cigarrillos es pasar a la tragedia. Al cáncer. A las afecciones de laringe. A la pérdida de dientes. Es hablar de muerte. Desde hace unos años, las cajetillas de todas las marcas de cigarrillos agregan una imagen repugnante al reverso. Y resulta que esta es una normativa que deben cumplir las tabacaleras para poder vender el producto libremente.
En realidad, no estoy seguro si el morbo de las personas tenga un límite, pero he visto, puedo jurar que todos hemos visto con desagrado, incluso fetos podridos, acurrucados, renegridos, en estas impresiones. Me parece, además de innecesario, exagerado. O acaso una deliciosa empanada, siguiendo este principio ético, ¿debería traer al reverso la imagen de una persona obesa, con la cara hinchada y los ojos desorbitados, mientras sufre un infarto por culpa de sus arterias que escupen grasa y no sangre?
Se ha creado todo un sismo moral contra los fumadores. Se ha satanizado, desde hace cerca de una década, la figura del inhalador de tabaco. Y aunque existan razones de peso para esto, los argumentos, en su mayoría, vienen sazonados con una mojigatería empalagosa.
Es cierto. Es malo. De acuerdo. Pero cada quién, creo, tiene derecho a matarse como mejor le parezca. Caicedo se tragó 60 pastillas de Seconal, Hemingway recostó la frente a una escopeta de doble cañón y dejó un brillante cerebro estampillado en las paredes de la sala. El cigarrillo es un poco menos trágico. Menos escandaloso.
En noviembre del año pasado, el Instituto de Evaluación Tecnológica en Salud, por requerimientos gubernamentales y vaya uno a saber por las quejas de quién, hizo un censo clínico en el que se descubrió que en Colombia mueren al día 72 personas por fumar cigarrillos. Al año, resultan ser 26.280 muertos. Una cantidad alarmante si se ven los cadáveres apilados.
Esto debería ser suficiente advertencia. Es que no hace falta exhibir, repito, la foto de alguien mutilado en la cajetilla de cigarrillos para prevenir tragedias. Pero sigo sin creer que los cigarros tengan el mismo poder desmembrador de una mina quiebrapatas.
Yo no fumo. Ya no fumo. Fumé por varios años y lo disfruté. Confieso que no hay placer más grato, después de comer, que el humo amargo de un cigarrillo. Confieso, también, que nada equilibra mejor el trabajo muscular después del sexo que un par de bocanadas de nicotina al pie de una ventana.
Hace unos tres años, no podía escribir dos líneas sin fumarme un Marlboro. La página se quedaba en blanco hasta que no salía, atravesaba la calle y compraba media cajetilla.
No era un fumador desmesurado, ya que no quería terminar oliendo a quemado el día entero. No quería, por ningún motivo, ser esa persona que se sube al ascensor con hedor a tubo de escape. Fumaba después del almuerzo y a mitad de la tarde. Este último resultaba un ritual. A eso de las cuatro, me servía un café y, trabajara donde trabajara, le dedicaba unos diez minutos a la nicotina.
Cuenta Gay Talese, en su artículo Paseando a mi cigarro, que siempre esperaba con alegría la llegada de la noche neoyorquina. Ese era el momento del día para pasear a sus perros y disfrutar unas buenas fumadas en Park Avenue. En una entrevista confesó que allí, en esos cortos viajes de tabaco, engendró algunas buenas ideas para sus crónicas. Mirando las calles y sus gentes. Fumando. Afinando el olfato periodístico. Pensando.
Un cigarro puede convertirse en creación a través de la concentración. Los 1.5 gramos de nicotina que le inyectamos al cuerpo, así nos maten lentamente, terminan por estimularnos.
Nunca dejé el cigarrillo. Fue él quien se alejó de mí. Lo traicioné al empezar cierta actividad deportiva semanal. Y a veces lo extraño tanto como a la inconsciencia infantil. Pero es demasiado tarde para volver. Ahora no sé si agradecer o maldecir su ausencia.
La gente prefiere tomar sus propias decisiones. Empezar un vicio y terminarlo. Es inútil tratar de prevenir la muerte con imágenes pútridas. Con o sin nicotina (y alquitrán) tendremos la misma suerte. En medio de una bocanada de aire, al final, dejaremos de respirar.
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