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Cartel Urbano
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LA ETNNIA Y SUS INQUISIDORES

“Llega pues La Etnnia haciendo la fiesta, alzo mi bandera, pues llegó la guerra”, dice una de las canciones de estos hijos ilustres del barrio Las Cruces que hace veinte años grabaron su primer disco y que hoy son vapuleados en las redes sociales por una muchedumbre que pide sacarlos del cartel de Rock al Parque.

Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego

Es un poco absurdo defender al rap y al hip–hop colombianos después de que llevan treinta años consolidándose, ya no solo como movimientos musicales sino como una compleja y sólida cultura. Sin embargo, basta que la organización del festival Rock al Parque confirme la presencia de La Etnnia en su programa para que salten los violentos enemigos del arte y de la supuesta decencia, escupiendo frases que han venido repitiendo desde hace décadas sus bisabuelos y padres.

Según estos adalides de las buenas costumbres, el rap no guarda nexos con el rock porque no es ni siquiera música. Según estos moralistas sin seso, detrás de las agrupaciones de hip –hop vienen asaltantes y ladrones que, además de quitarle elegancia a la fiesta capitalina del rock, les quitarán billeteras, joyas y demás objetos de valor a los asistentes.

Y es justo ahí, cuando brotan esos arribistas y ridículos prejuicios que pretenden separar el trigo de la paja, decir quién es una persona de bien y quién no. Ahí, en medio del torpe lente con el que se juzga a un trabajo artístico tan serio y pulido como el del hip–hop nacional, conviene aclarar de nuevo que esta cultura es una de las más grandes manifestaciones del angustiado país del Sagrado Corazón.

De hecho, el rap, el hip–hop y sus variantes son triunfos de lo popular, de la voz callejera y de barriada, una suerte de juglaría sin pelos en la lengua entre la escena cosmética y blanda del rock y del pop que vive aullando las mismas cancioncillas de amor y los mismos mensajes optimistas, patrioteros o dulzones desde que este siglo comenzó. Mientras la mayoría de cantantes se preocupan por mantener una mentirosa estampa seductora y festiva, el rap y el hip–hop están revelando lo que sucede en la caótica e injusta vida real, afilan sus dardos para lanzarlos contra una sociedad que se enseñorea en la corrupción y la desigualdad. Y lo hacen con sofisticación, depuradas y fuertes melodías unidas al fraseo, a las expresiones verbales de las aceras y los rincones marginales.

Lo que acallan nuestros higiénicos, miopes e indiferentes medios de comunicación o nuestros artistas educados bajo la sombra de Miami, hay que ir a oírlo en el hip–hop. Por supuesto que esas letras, sonoridades y mensajes incomodan. Si el hip–hop no fuera una especie de pariente fastidioso del rock, no habría alcanzado la altura y la calidad que tiene.

Debido a sus temáticas y a su extracción humilde, el hip–hop y el rap han calado más hondo sobre todo entre los estratos bajos de la población. Son sus voceros. Pero esto no implica que quienes les son fieles sean delincuentes o falten a las normas de etiqueta. Hay más elegancia, por honestidad y elaboración musical, en un disco clásico como El ataque del metano de La Etnnia, que en las miles de producciones ingenuas y hechas a trompadas por todo el llamado tropipop.

Lo que desconcierta de las críticas a la participación de La Etnnia (entre otras cosas pioneros y decanos del hip–hop colombiano) en Rock al Parque es que son formuladas por personas que aseguran apreciar el rock, que se presentan en redes sociales y en tribunas parecidas como conocedoras de la música. Si en verdad supieran de qué están hablando cuando afirman no hallar vínculos entre el hip–hop y el rock, o cuando temen por su seguridad si van raperos al festival, notarían que el rock no es solo un tipo de música sino un grito de protesta, un desahogo juvenil que piensa y reflexiona al tiempo que canta e interpreta con fiereza unos instrumentos. El rap viene del rock, salieron de las mismas bofetadas a una sociedad de control que quiere ver a la realidad ordenada, pulcra y respetuosa de la familia, las tradiciones y las propiedades.

Por su contundencia y valentía, el hip–hop también es rock. Como lo es el reggae cuando somete a observación lo existencial y lo político. Asimismo las polkas, valses o baladas de un Leonard Cohen, con sus letras hundiéndole el escalpelo a esta hipócrita sociedad, son una manera del rock. Lo que no han entendido esos campeones de la intolerancia en sus movilizaciones, en sus cartas de protesta al IDARTES por la inclusión de La Etnnia dentro de un Rock al Parque al cual quieren convertir en fiesta de pijamas o en izada de bandera escolar, es que el rock, más allá de su carácter musical, es una actitud ante la vida. Alguien debería informarles que el rock ya no es solo un asunto de guitarras eléctricas y baterías.

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