
LO JODIDO DE PEDALEAR EN BOGOTÁ
Foto por Claudio Olivares Medina
Mientras las promesas de la Alcaldía de convertir las ciclorutas en vías más seguras y cómodas se hacen realidad, movilizarse en bicicleta por la ciudad es una aventura no siempre agradable.
Por Ángel Carrillo
Si al levantar el culo de la cama no lo monto en el sillín de la bicicleta, mi día empieza mal. La sangre, que le aporta la energía y el oxígeno necesarios al cerebro para que funcione con normalidad, con tranquilidad, se me atora centímetros antes del pescuezo. Por lo tanto, las personas que deben lidiar conmigo a diario terminan pagando los platos rotos de mi amargura y de mi asfixia cerebral.
Tengo mis razones para usar la bicicleta. Pedalear, para mí, además de ser un acto desafiante contra el insustancial afán de los conductores de taxis y buses, es terapéutico.
Dejando atrás tanto trascendentalismo, y entendiendo que el uso masivo de la bicicleta como medio de transporte urbano es un adelanto cultural titánico y una pequeña muestra de resistencia contra las arenas movedizas del consumo automovilístico actual, debo reconocer que los paseos en esas dos ruedas son sinónimo de peligro.
A diario, realizo dos viajes que suman aproximadamente 206 cuadras, en los cuales he presenciado robos a mano armada, atropellos, caídas, peleas, y recibido mucho humo. Muchísimo humo.
Aunque la Administración Distrital dice tener la firme intención de convertir las ciclorutas en vías más seguras y cómodas para sus usuarios, movilizarse en bici por Bogotá es mucho más que cifras notariales y promesas dulzonas. Es arriesgar el pellejo.
El Plan de Desarrollo de Bogotá Humana comprometió la construcción de más de 140 kilómetros de vías para el uso de la bicicleta y su continuo mantenimiento, la instalación de más ciclo parqueaderos y algunos otros “incentivos”. Esto lo agradecemos quienes le ponemos el lomo al sol y a la lluvia diariamente. Pero con el desgobierno que vive la ciudad, es difícil esperar a que esta clase de promesas se cumplan.
El tramo de la carrera 11, entre las calles 100 y 82, les quedó bello. Otro cariñito para el norte de la ciudad. Pero, ¿qué pasa con la vía “exclusiva” para ciclistas de la carrera 13, entre el Parque de Lourdes y el Centro de la ciudad?
Allí, por la mañana, la ruta está taponada por bolsas de basura que lanzan a diario los almacenes de la zona y, haciendo esta carrera de obstáculos aún más entretenida, la vía tiene la mismas características topográficas de la superficie lunar. Para sumar dificultades a este enduro urbano, están los peatones y vendedores ambulantes que no han entendido el término exclusivo.
Dos pedalazos: un puesto humeante de arepas. Otros dos: salto largo por encima de cráteres de agua-mugre. Vamos, dos más, fuerza: el ataque de las apestosas bolsas de basura. Y cuando uno está por llegar, las llantas de un carro frenan en seco; un casco da giros por el aire. Bueno, no todos los días atropellan a alguien. Menos mal.
Los viajes en bicicleta vienen aumentando desde hace cinco años en Bogotá: pasaron de 285 mil diarios a casi 500 mil. Un montón para una ciudad tan grande. Y tiene sentido. Según la Secretaría de Movilidad, los trayectos en bici tienen un promedio de 25 minutos. En bus son 56, en Transmilenio 47 y 33 en carro particular. Repito, tiene sentido. Lo que está perdiendo el sentido es el tema terapéutico. Hoy llegué a la oficina en bicicleta, raspado, asfixiado y de mal genio.
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