
TELECULTURA DE TELEBASURA
No nos digamos mentiras: en Colombia, la televisión es un bazar mercantil plagado de bodrios. Pero gracias al zapping y a las descargas online, tenemos acceso a buenas series norteamericanas que demuestran que la industria de la TV está dejando de considerar tarados a sus espectadores.
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego
Es muy complicado quitarle a la televisión su carácter depredador y carnívoro. Unos pocos productos hechos con honestidad (series, informativos, documentales) deben subsistir dentro de la oferta televisiva en contra de, a pesar de cientos, miles de concursos sin gracia, telenovelas insubstanciales, noticieros cínicos, mentirosos. La televisión aquí o en cualquier metrópolis es una feria comercial, no un servicio público –como pretenderían ciertos románticos del audiovisual– , jamás una herramienta para construir conocimiento. Si la gran masa de consumidores necesitan ser vejados o enajenados aún más, basta servirse de la televisión con el fin de lograrlo.
Por eso los goles que de vez en cuando les anotan ciertos productores, escritores y realizadores a las mecánicas de lo televisivo deben subrayarse, también festejarse. El fenómeno de las series en Estados Unidos está cambiando paulatinamente los modos de vinculación entre espectadores y obras: durante el último lustro hemos contemplado cómo la ficción de la televisión ha aprendido lecciones valiosas del cine y del arte dramático. Éxitos de calidad incuestionable como Breaking Bad, Dr. House, The Big Bang Theory o la primera temporada de True Detective demuestra a las claras que la industria de la TV está dejando de considerar imbéciles a sus espectadores, empieza a brindarles imágenes, textos, posibilidades que van más allá de la mera entretención. Inclusive formas exigentes de programa televisivo como la versión actual de Cosmos –un esfuerzo didáctico, aunque no por eso menos denso, de divulgación científica creado en su día por Carl Sagan– consolidan un público informado y atento a temáticas especializadas.
Mientras los paradigmas de lucro enfermizo comienzan al menos a ser cuestionados en otros países, en Colombia se graba, se promociona sin ningún tipo de pudor ni de vergüenza toda suerte de bodrios que no solo comprueban nuestra flaca y provinciana manera de entender a la televisión, sino que además muestran el carácter pueril, rancio, al mirarnos a nosotros mismos, porque la televisión es, lo quieran entender esos señores que mandan en los canales privados o no, reflejo de lo real e instructivo.
Puede mencionarse un ejemplo en ese océano infecto. Es uno de los más aterradores, porque reúne en su factura vicios incorregibles y es vendido como excelente realización. Se trata de Los años maravillosos, la versión amañada, tendenciosa, simple hasta lo tarado, de la clásica serie estadounidense con el mismo nombre, icono de finales de los años ochenta y principios de los noventa.De seguro muchos recuerdan las narrativas de aquel seriado escrito por Neal Marlens y Carol Black, dos brillantes guionistas que se atrevieron a explorar temas en apariencia intocables para la conservadora república del Tío Sam: la soberbia de un injusto sistema político, la superficialidad de la educación media, los conflictos de la adolescencia usados por esa sociedad con el objetivo de crear seres humanos sumisos como respuesta a la revolución social de la década del sesenta.
Por desgracia, ninguna de estas búsquedas parece importar a quienes realizan la copia colombiana de Los años maravillosos. Afanados por tener clientela y por cumplirles a las empresas que les pautan, entregan a los espectadores un anecdotario contado con mucha prisa de las catástrofes colombianas ocurridas al final del siglo pasado y su impacto en unas familias de clase media. Los personajes, en su intento de emular a los originales, caricaturizan todo lo que les pasa. Si a esto se suman los tonos propios del melodrama aplicados en situaciones, actuaciones y unas dosis deliberadas de folclor nacional, combinadas con moralejas al final de cada episodio, lo que nos queda con este brusco programa es una sensación agria: llevamos viendo la misma historia desde hace décadas; el camino recorrido por quienes hacen televisión comercial en este país, mediante retrocesos y callejones sin salida, está llegando al bloqueo mental o a la aridez. Solo nosotros conseguimos convertir en Padres e Hijos todo intento de narración vital. Esta es Colombia, la nación donde Los años maravillosos solo pretende ser una telenovela más.
Suele repetirse de modo acrítico, quizás irresponsable, esta declaración del director de cine italiano Federico Fellini: “La televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural”. El contexto de la frase era bien diferente al que estamos abocados ahora. Las relaciones del cineasta con los canales eran de amor y odio (aquí un testimonio de la pugna). Valerse de la sentencia del director de Amarcord en el caso de la televisión colombiana tiene tal vez alguna ventaja al analizar el fenómeno de modo amplio: nuestra TV es prueba de fracaso cultural, aunque también de la cultura que ostentamos. Observar esa deprimente versión de Los años maravillosos no debiera conducirnos a pensar en la continuación de las taras. Al contrario, el torpe seriado es una invitación a concebir estilos televisivos superiores a él, con lo poco o mucho que nos hace país.
Si el pulpo de la televisión da muestras sutiles de estar modificándose en el resto del mundo, la oportunidad para concebir propuestas colombianas auténticas y óptimas no puede perderse. Antiguos precedentes como Décimo Grado o Francisco el Matemático –solo por mencionar series cercanas a Los años maravillosos– son la demostración de nuestra capacidad a la hora de construir buena televisión.
Pese a tanta basura de nuestra telecultura, no es tarde para idear giros y estrategias de cambio. Aún estamos a tiempo.