
MIGRANTES
Somos una nueva generación de nómadas, hijos de las grandes ciudades que constantemente estamos migrando.
Por María Ximena Pineda
@anacaonax
Somos una nueva generación de nómadas, hijos de las grandes ciudades que constantemente estamos migrando.
Por María Ximena Pineda
@anacaonax
Las ciudades modernas se caracterizan por ser grandes, caóticas y absolutamente impersonales. Da lo mismo un local que un extranjero. Las grandes ciudades no son de nadie. Por eso acogen a nómadas de todo el mundo como si fueran su espacio materno. Sólo el inmigrante por naturaleza logra apreciar toda la indiferencia de estos grandes centros urbanos que son la esencia de toda ciudad grande.
Sólo quienes crecimos en aquellas “ávidas calles, incómodas de turbas y ajetreos”, como dijo Borges con respecto a Buenos Aires, entendemos lo que es convivir con el asfalto, con las máquinas, con la vegetación metálica de las urbes modernas. Para un originario urbano, migrar a otro centro igual de cosmopolita a su ciudad de origen es pan de cada día, pues lo recibe la familiar indiferencia de otra sede inmensa, lugar de paso, hogar de los solitarios.
Hay algo de exótico y hasta de romántico en esa mítica idea de ciudad: monstruosa, fría, solitaria y concurrida; en esas ciudades donde “hay gentes que vacilan insomnes, como recién salidas de un naufragio de sangre”, tal como lo dijo García Lorca en Poeta en Nueva York.
Algunas especies de aves migran todo el año, generalmente buscando comida o un lugar para reproducirse: los dos patrones migratorios más comunes. Las cebras migran cada año a través de las planicies abiertas de África oriental en busca de agua o hierba fresca. Las tortugas verdes viven y se alimentan frente a las costas de Brasil, pero migran miles de kilómetros para desovar en las playas de la isla de Ascensión. Nosotros, los hijos de las grandes ciudades, nacemos en un centro de cemento y pronto migramos a uno más grande, en busca de oxígeno.
El enamoramiento que nos producen ciertas ciudades tiene fecha de expiración y pronto, como un estanque fétido, empieza a repugnarnos, arrojándonos en los brazos de otra madre urbe más grande, más desarrollada, más rascacieluda, más impersonal. Así somos los nómadas modernos, meretrices de las grandes ciudades que nos acogen como madres adoptivas por temporadas, cuando nos sentimos ahogados y queremos respirar otros vientos, tal vez igual de grises y contaminados que los que respirábamos antes, pero con un CO2 distinto, al fin y al cabo.
Las agencias de viajes y de turismo se hacen millonarias a costa de la insatisfacción urbana y periódica de los migrantes modernos. Las oficinas de burocracia diplomática también sacan provecho. Y pese a cualquier obstáculo de distancia, legalidad o dinero, los nómadas modernos nacidos en grandes ciudades persistimos en nuestra carrera migratoria, ampliando nuestro concepto de hogar, sintiéndonos ciudadanos del mundo y buscando alimentarnos y reproducirnos en otros territorios más complejos, más diversos.
Cada gran ciudad es un acertijo por descubrir y tiene su propio encanto y su propia miseria. Cada gran ciudad es un estanque más grande que el charco del que venimos. Una cloaca menos maloliente que la que dejamos atrás. Cada ciudad es una locación que nos permite hacer borrón y cuenta nueva, donde nos damos el respiro y el lujo de ser unos completos desconocidos para armar una vida nueva si se nos da la gana. Una hoja en blanco.
Quizás nos pasemos la vida migrando de gran ciudad en gran ciudad para hartarnos por fin del corre corre, del smog, de las soledades concurridas. De las horas pico, de las basuras, de las ratas. Del mal genio, de la intolerancia, de las ausencias desdibujadas por el barullo del caos. De pronto migramos toda la vida para que un buen día, cansados ya de las seductoras y traicioneras urbes, busquemos refugio en una sencilla choza al lado del mar, para olvidar la ciudad del todo y, a la vez, recordarla todos los días. Porque aún al lado del mar, quienes nacimos en el asfalto seremos siempre peces de ciudad.